Jueves, 14 de Diciembre de 2006
Como señalaba certeramente Juan Freire esta mañana:
La era digital no es una revolución. Sólo rompe la anomalía en que se había instalado una parte de la humanidad y recupera una forma de trabajar, participar y compartir que creíamos olvidada.
¿Pero cuál era esa manera?
El mercado moderno es anterior al capitalismo industrial, si historiásemos sus orígenes, tal vez poniendo al día al viejo Sombart, nos daríamos cuenta de que es el mercado el que prepara el terreno que la hace posible. El mercado, esa maravillosa máquina, es la principal institución que provee a la sociedad de cohesión organizando la cooperación en un momento de extensión constante de la división del trabajo. Pero también es el gran impulsor, mediante la competencia, de la innovación lampante que desde entonces se instalará en nuestras vidas.
Sin embargo el nuevo mundo pagará caro el apoyo de una capa social de la que requirió para imponerse y adecuar el sistema político y cultural: los intelectuales. Estos ampliarán el sistema de monopolios sobre la creación/invención que habían arañado de las viejas monarquías absolutistas para convertirse en la nueva baja nobleza de la sociedad liberal, en los nuevos rentistas.
Sin embargo el mercado distorsionado por la mal llamada propiedad intelectual ya no será lo mismo.
Patentes y propiedad intelectual son sistemas que incentivan la competencia a costa de la cooperación ofrecida por el mercado. Lo nuevo no se hará extensivo durante un periodo determinado (75 años en según que casos), no porque los demás no quieran seguirlo, sino porque legalmente estará garantizado que no se extienda, que ningún otro distinto del patentador podrán hacer uso de ese avance sin pagarle una renta extra directa. Al no poder extenderse la innovación de forma inmediata, las restructuraciones generadas por la incorporación de nuevas tecnologías producirán desajustes prolongados en el tiempo. Este es el origen de lógica ludita según la cual toda nueva tecnología aumenta la productividad a costa de paro.
¿Por qué se rompe ahora la anomalía? Por dos fenómenos ligados a la aparición de redes distribuidas masivas con posibilidad de distribuir a coste marginal nulo: es decir Internet, la web, etc.
El primer fenómeno es simplemente la erosión que sobre el sistema de propiedad intelectual impulsa el nuevo contexto, requerido de nuevos incentivos (la ética del hacker), genera nuevas demandas y prácticas que exigen renunciar al monopolio al modo del software libre.
El segundo es la emergencia de los grandes mumis, que al estar interesados en la extensión de la innovación para poder seguir compitiendo, redefinen el juego haciendo que las restricciones posibles por el monopolio legal no se apliquen.
En conjunto estamos hablando de la lógica de la abundancia que no es otra que la de los mercados que tienden a la competencia perfecta, un modelo incompatible con la distorsión generada por la mal llamada propiedad intelectual.
Como recordaba en su blog Toño del Barrio, mañana es el día del Esperanto: un día de fiesta pero también de reflexión en el que se invita a blogs de todo el mundo a publicar un post en la lengua neutra.
No es un tema difícil. Esta misma semana la cuestión lingüística se ha convertido en tema de actualidad en el Reino Unido. Desde que el ministerio de Educación de este país levantó en 2004 la obligatoriedad para los centros de enseñanza de incorporar -como asignatura optativa- un segundo idioma, el número de estudiantes que los cursaban ha caído dramáticamente. Incluso en los colegios privados.
La moraleja que sacan los medios es sencilla: ¿Para qué aprender otros idiomas si se puede imponer el inglés como lengua única del mundo?
incluso en la red.
El Economist, siempre lúcido, recomienda que aunque sea así los británicos aprendan una segunda lengua para mantener la competitividad. ¿Por qué? Pues por una razón perversa que demuestra cual es el estado real de la cosa en la Unión Europea:
they will lose the competitive advantage that once came with being among the relatively few to speak the worlds most useful language. Competent bilinguals, many of whom have travelled in the course of acquiring English, can offer everything that English monoglots canas well as an extra language and an international perspective.
Es decir: cuidado con la élite internacional políglota, porque ya hablan inglés lo suficientemente bien como para parecer bilingües y no ser fácilmente marginados en la estructura lingüística de dominación global. Claro que otra cosa, es que esta misma élite, en la medida que lo es, se beneficie del las reglas asimétricas y haga como que no ve
pero la realidad europea es evidente y no lo decimos sólo nosotros: los grandes beneficiarios desmienten con descaro a sus defensores de la eurocracia.
Lunes, 4 de Diciembre de 2006
Leyendo el último post de Lorena Betta he sufrido una especie de visión de paralaje. El tema parece pequeño pero es revelador. El choque frente a los carteles en los que las cosas piden piedad es común en todo europeo que visita Argentina. Dice Lore:
Si hay algo que me pone nerviosa es cuando la gente no se hace cargo de nada. Un ejemplo es colocar carteles autoreferenciales. La mejor manera de bajar moral, haciendo hablar a las cosas.
Entonces tenemos desde esta bicicleta que habla, hasta el el árbol que dice No me lastimes, el auto que dice Me venden. Los juegos de la plaza y el cartel cuidame, etc, etc
Pero ¿es la gente la que no se hace cargo de nada? En realidad si miramos hacia Europa quien se hace cargo de reprimir los comportamientos vandálicos o llevarse la bici mal aparcada o atada donde no toca, es el estado. Las cosas que hablan son, en su indefensión, sintomáticas de la desaparición de éste en áreas de la vida social en el que los europeos damos por sentada su presencia invisible.
La bici parlante o el árbol temeroso invocan piedad porque se saben plantados en un terreno social que el estado dejó en sombra, la zona de penumbra donde la ley no se da por sentada. El coche que dice me venden, desubjetivando la transacción que se propone y remitiéndola en apariencia a un mundo Disney de objetos antropomórficos, nos recuerda que en una sociedad donde la fina costra que mantiene el estado haciendo cumplir los contratos, anda cuando menos desquebrajada, el vendedor es lo de menos; y al fin, habrá que pagar al contado y en cash. Los objetos hablan porque el oscurecimiento del estado, su desaparición práctica de amplios espacios de la vida cotidiana, ha devaluado la palabra.
Pero podría ser peor y de hecho lo es en los lugares que pasaron antes por ello.
Tal como nos ha enseñado la práctica desde que este nuevo siglo comenzara (allá por 1989) el poder tiene horror vacui. No hay espacio social que no genere, en ausencia del estado, un nuevo pacto hobbesiano. Este pacto, como el ideal imaginado por Hobbes, se articula sobre una serie de donaciones del conjunto social a un grupo articulador y desde éste al conjunto social que sustituyen a un circuito similar donde la donación involuntaria se llamaba impuesto y el regalo servicio público.
Se me ocurren varios ejemplos. La reflexión no es nueva ni gratuita. ¿Qué pasa cuando el estado abandona o deja en sombra la cobertura social, la seguridad social, los comedores populares? Aparecen cosas como Hamas. ¿Qué pasa cuando el estado deja en sombra la seguridad? Que te surge algo como el Primeiro Comando da Capital, un grupo mafioso que se permite negociar con la policía y el estado o asaltar simultáneamente las comisarias paulistas (con éxito). Y evidentemente ¿qué pasa cuando el estado deja de proveer las bases mínimas para una identidad común a través del sistema de enseñanza? Pues que aparecen netocracias que las definen épicamente. Nada que los estudiosos de los llamados conflictos posmodernos o la netwar no cuenten en el origen de los sujetos que estudian.
Evidentemente un mundo de paraestados y redes armadas como las citadas se parece más a una pesadilla ciberpunk que a ningún modelo social aceptable. Por eso seguramente el gran reto de nuestro tiempo sea enfrentar la revolución neoconservadora reconstruyendo un estado pequeñoburgués desde el poder de las redes.
Tout ce qui n'est point nouveau dans un temps d'innovation est pernicieux ~ Saint Just
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