Lunes, 24 de Octubre de 2005
El otro día comentabamos a raiz de mi post sobre las estrategias de negociación en conflictos donde hay muchos agentes, un lector me preguntaba si es que mi
planteamiento pasa por despojar, entonces, al Estado de la exclusividad de la Defensa de sus súbditos
A lo que yo le respondía que
no es que el estado deba dar paso a otros sujetos. Es que quiera el estado o no, están ya ahí y surgirán más. Esta la es la esencia del conflicto en red, es policéntrico.
Leyéndolo, Lobo comentaba como ejemplo la agencia de información antiterrorista de la Policía de Nueva York, la última estructura llegada a la comunidad de inteligencia.
No hay demasiados resultados en Google, pero buscando en otros medios podemos encontrar cosas como este artículo en la New York Magazine de junio de 2003 que no tiene desperdicio.
En él el responsable de la nueva agencia de inteligencia neoyorquina dice cosas como:
Sabía que no podíamos dejarlo en manos del gobierno federal. Estamos haciendo todo esto porque el gobierno federal no lo hace. No es suficiente decir que son sus competencias si no las asume
¿Qué están haciendo? Básicamente han creado un cuerpo de inteligencia antiterrorista que contaba en sus orígenes (2002) con 125 agentes repartidos entre otros sitios por Nueva York, Londres, Lion, Hamburgo, Tel Aviv y Toronto, donde de paso han ganado formación. Agentes que han realizado acciones y conducido interrogatorios en Afghanistan, Egipto, Yemen, Pakistan, y Guantánamo.
Impresiona la descripción de las oficinas: un viejo almacén abandonado en el que agentes de la policía de orígenes culturales diversos han sido reconvertidos en traductores de lenguas de todo el mundo musulmán y se dedican a analizar fuentes abiertas de todo el mundo, desde Al Jazeera a los boletines electrónicos y sitios web y aprender a pensar como terroristas.
Todo empezó tres meses y medio después del 11S
cuando Michael Bloomberg sustituyó a Giuliani como alcalde e invitó al anterior concejal de seguridad Raymond Kelly, a poner en marcha un plan de prevención antiterrorista. Kelly fichó como comisionado de contraterrorismo a Frank Libutti, un teniente general de marines retirado y como comisionado de Inteligencia a David Cohen, un exjefe de operaciones de la CIA.
Pronto descubrieron que entre los agentes de la policía que andaban poniendo multas por las calles tenían 27 que eran bilingues con el árabe. La formación de un primer grupo de agentes con conocimiento de la lengua y la cultura árabes, urdu, pastún, magrebí e incluso turcómana, les llevó según Kelly a poder empezar a entender un mundo en el que las acciones armadas eran una suerte de propaganda corporativa.
Lecciones
La formación y el vuelo internacional de esta nueva y pequeña agencia de inteligencia nos enseña bastantes cosas interesantes:
- Gracias a las tecnologías de análisis de información pública, con un presupuesto limitado es posible crear un grupo de inteligencia con capacidad de acción global. Si puede hacerlo el ayuntamiento de Nueva York pueden hacerlo muchas otras intituciones y organizaciones privadas.
- La diversidad de raices culturales, idiomas maternos y referencias biográficas que hoy existen en cualquier organización, forman una cantera que en otros tiempos sólo estaba al acceso de las grandes agencias gubernamentales y los ejércitos soviético, británico, francés y norteamericano. El material y el capital humano están en las calles y los barrios de nuestras ciudades.
Hoy en día no hay que mirar muy lejos: los bancos, muchas de las antiguas empresas públicas europeas e incluso las cajas se han convertido en gigantes transnacionalizados altamente sensibles al riesgo político.
¿No es de esperar que se personen en el swarming global cuando los costes de las tecnologías que lo permiten son tan asequibles que pueden incluso disfrazarlos de gastos del gabinete de estudios o subvenciones a algún pequeño think tank independiente?
Definitivamente este es un mundo ciberpunk, la multiplicidad de agentes está aquí y el estado y sus sistemas de inteligencia, sobre todo en casos como el español en que siguen anclados en otro siglo, está quedando definitivamente atrás. Los verdaderos protagonistas han de pensar y piensan cada vez más como príncipes renacentistas
y corsarios mediterráneos.
Viernes, 21 de Octubre de 2005
El enfrentamiento entre Federico Barbarroja y el Papado se tradujo en una interminable serie de campañas por el control de las ciudades libres italianas. Años de vaivenes y luchas por el poder crearon una cultura donde la política empezó a entenderse de un modo nuevo.
Política y estrategia se empiezan a entender como la gestión de una red de alianzas inestable donde el objetivo de cada agente es mantener en cada momento la superioridad de su propia red de alianzas sobre su rival último. La potencia de esta idea es tal que impregna toda la cultura, transformando el viejo juego del ajedrez hacia sus formas modernas que aparecen ya descritas por Alfonso X en su Libro de los juegos (siglo XIII).
La posterior evolución italiana y la experiencia de los reinos ibéricos molderán esta visión: poco a poco el rival último va perdiendo importancia, hasta que a finales del siglo XIV desaparece. La estrategia que luego se llamará renacentista, o española, hija directa del ordenadísimo y ritualizado caos italiano y de las infinitas guerras peninsulares, no reconoce enemigo final. Tan sólo un línea de objetivos a alcanzar (el desarrollo estratégico) para los cuales hay que establecer y establecer alianzas cambiantes que doten de superioridad suficiente al actor en cada uno de los pasos.
Maquiavelo traducirá esta concepción a la política. Su superioridad sobre otras concepciones se probará primero en la conquista de Canarias. Fernado de Aragón (modelo del Principe para Maquiavelo) llegará a inventar un reino Canario unido
sólo para poder firmar con Fernando Guanarteme (nombre cristiano del cacique Tenesor Semidán) su anexión (Pacto de Calatayud del 30 de mayo de 1481).
Hernán Cortés y los hermanos Pizarro explotarán hasta el límite esta nueva tecnología
que a su vez los moriscos expulsados de España llevarán hasta el corazón de Africa.
La tecnología renacentista de negociación demostraría durante siglos ser suficientemente potente como para decantar un conflicto con múltiples agentes equilibrados en fuerzas o incluso dar el poder final al menos numeroso y con menos letalidad absoluta.
Sin embargo, la consolidación del Estado Moderno la iría arrinconando hasta su práctico olvido en el siglo XIX: por un lado Europa empezaba a alcanzar la masa crítica de conocimiento y tecnología necesarias como para plantearse una superioridad militar abrumadora en términos puramente materiales. Por otro lado, es una tecnología pensada para la guerra de corso, en la que los actores son múltiples y muchas veces privados, aunque las patentes les asimilaran a agentes estatales
algo que el Estado moderno centralizado no podía admitir sino un cuerpo extraño, una concesión al Renacimiento con la que había que ir acabando.
Hoy corren otros tiempos, tiempos de guerras postmodernas, de Netwar. ¿No merecería la pena repasar y actualizar aquello?
Lunes, 17 de Octubre de 2005
De entrada en ninguna industria los argumentos convencionales de la Teoría Económica contra el copyright, los derechos de autor y las patentes son tan válidos como en la industria farmaceútica.
Sin embargo, pocos sectores industriales han conseguido afianzar mejor en la población la falacia de la necesidad de su monopolio -seguramente el de mayores costes sociales.
La realidad sin embargo es bien distinta. El último libro de los profesores en UCLA Michele Boldrin y David K. Levine no sólo no hace ninguna excepción, sino que recogiendo todas las referencias del análisis económico de los últimos años, la dan como ejemplo de una industria donde la patente ha resultado desincentivadora para la innovación.
En realidad hacia donde apuntan los análisis económicos es a señalar que el efecto del sistema de patentes farmaceúticas a lo que ha llevado ha sido a la generación de una costosísima industria improductiva y altamente concentrada: las patentes no han financiado la innovación y el I+D sino el marketing y la concentración monopólista:
Como escriben Xabier Barrutia Etxebarría y Patxi Zábalo Arena, profesores del Departamento de Economía Aplicada de la Universidad del País Vasco en un artículo republicado por CIDOB:
el gasto en marketing es un elevado coste fijo que, al igual que la investigación, dificulta la entrada de nuevas empresas en el sector y facilita el monopolio. Así, el marketing es muchas veces un área de colaboración y alianzas estratégicas entre las empresas farmacéuticas. De hecho, los gastos de marketing son cada vez mayores. En 2000, las empresas farmacéuticas innovadoras de Estados Unidos empleaban un 81% más de personal en marketing que en investigación y desarrollo (I+D). Y ésta es una proporción creciente, puesto que en 1995 el personal dedicado al marketing sólo era un 12% mayor que el ocupado en I+D, que incluso ha descendido ligeramente desde entonces (Sager y Socolar, 2001).
Imaginar un mundo sin patentes farmaceúticas no consiste en buscar incentivos alternativos, sino en imaginar como los incentivos de mercado van a poner en marcha de nuevo la competencia por innovar, crear nuevos medicamentos y tener líneas más efectivas de investigación y baratas de producción, acabando con la competencia actual, centrada en el costosísimo control de los canales de prescripción y el asalto mediante lobbies de las instituciones reguladoras (básicamente la EMEA europea y la FDA norteamericana, financiadas por cierto, en más de un 75% por la propia gran industria). El sistema ha funcionado: según datos de la propia industria, los cinco mayores laboratarios acaparan el 25% del valor de la producción mundial. No nos engañemos, las grandes farmaceúticas colaboran más que compiten en aquello que la patente les fundamenta: el bloqueo de posibles nuevos concurrentes. Que se lo digan si no a ilustres innovadores zancadilleados en el proceso regulatorio, como Patarroyo o Zeltia.
Una industria farmaceútica sin patentes significa que el tiempo de explotación exclusiva de los medicamentos se reduciría por debajo de los cuatro años. Conforme avanzara la tecnología de síntesis es probable que llegara incluso a rondar los dos años, que es el record actual de plagio, acusado aunque nunca demostrado en el caso del Warfarin, la versión genérica de un anticoagulante llamado Coumadin patentado originalmente por DuPont Pharmaceuticals Inc.
Lo interesante del caso Coumadin es que sigue generando unos ingresos de unos 500 millones de dólares anuales a DuPont. Según el Wall Street Journal el gasto mensual por paciente costaría 35.50 dólares frente a los 28.60 del genérico. Sin embargo, a pesar de la diferencia de precios, Coumadin sigue reteniendo casi el 80% del mercado.
Algo parecido nos dice la experiencia del Zovirax, la famosa pomada contra el herpes labial, quien a pesar de existir un genérico (aciclovir) hasta seis veces más barato, conserva diez años después un 66.5% del mercado.
Esto se debe a que en los países ricos, los mayores consumidores mundiales de medicamentos, los precios en relación a las rentas medias, son lo suficientemente bajos como para que los consumidores mantengan estrategias conservadoras y fidelidad a las marcas. Los grandes beneficiarios de los genéricos son los países periféricos, los sistemas nacionales de salud y a través de estos las personas de rentas más bajas.
Pero por lo mismo, en la industria farmaceútica, el que llega primero, el innovador, tiene incentivos más allá de la patente suficientes como para justificar y rentabilizar sobradamente el I+D. Hoy Coumadin sigue siendo el producto estrella de DuPont, fundamental dentro de las cuentas de la multinacional, a pesar de haber sido uno de los pocos casos donde la aparición casi simultánea de un genérico crea una situación asimilable a la que se daría en ausencia de patentes.
Un mercado farmaceútico sin patentes vería pues con toda probabilidad una inversión mayor en I+D pues sólo la innovación garantizaría rentas extraordinarias temporales cercanas a las de monopolio. Pero también vería una rápida extensión de las innovaciones, bajo la forma de genéricos, en los países menos desarrollados.
En algunos segmentos como los fármacos ligados a epidemias, llevaría sin duda a las farmaceúticas a aceptar riesgos mayores manteniendo stocks disponibles más amplios pues ante una amenaza de pandemia los laboratorios de genéricos podrían ocuparle parte del mercado. Lo que en estos días estamos viendo en Europa con el Taminflu es conocido de sobra en los países periféricos, con un alto precio en vidas humanas, algo que podríamos llamar el precio social de la patente.
Pretender solventar estas situaciones mediante compra -es decir, sólo cuando afectan a los países ricos- es inmoral (sobre todo después de las experiencias con la malaria en buena parte del Tercer Mundo o el SIDA en Sudáfrica). Pretenderlo mediante expropiación contraproducente, pues existiendo las patentes, reorientará las inversiones hacia otro tipo de enfermedades y frenará la investigación de fármacos ligados a las nuevas epidemias.
La única solución a medio plazo, como siempre, es la devolución.
Martes, 11 de Octubre de 2005
La economía del reciclaje, la épica del bricoleur del espíritu hacker, es tal vez el vector identitario mas constante del ciberpunk político, la base material de nuestro no esperar, de la posibilidad de construir y vivir otro mundo aquí y ahora. Como escribía Bruce Sterling en Green Days in Brunei:
Eres un bricoleur. Puedes apañártelas, puedes aprovechar. Eso es el bricolage
usar los recortes para hacer algo que merezca la pena. Brunei es ahora demasiado pobre para empezar con planes nuevos. No tenemos más que la basura que Occidente nos hizo comprar, botellas de Cocacola y garages para dos coches. Y ahora tenemos que vivir entre los desechos y convertirlos en una comunidad.
Pero para poder reciclar, para poder construir y distribuir al modo bricoleur, necesitamos poder hurgar libremente en la basura del viejo mundo. Necesitamos no tener que ponernos a buscar la etiqueta del Creative Commons, todo lo más, mirar la fecha de caducidad.
El bricolage consiste en crear cosas nuevas a partir de trozos de otras que fueron creadas para fines distintos de los que cumplen en la nueva obra. La variedad de protecciones otorgadas para cada una de esas piezas por sus autores bajo Creative Commons genera una traba, un coste innecesario y probablemente insalvable. La idea de otorgar más derechos de propiedad, más control de los posibles usos, es una mala idea, siquiera aparezca como una flexibilización del sistema de copyright. Precisamente porque el bricolage, consiste en descubrir usos no esperados, no imaginados previamente. Como argumentaba Hal Varian, uno de los padres de la Economía de la Información, en el NYT :
Demasiado control puede ser malo, particularmente cuando la innovación es una fuente crítica para la ventaja competitiva
Lo que se precisa para que la innovación se extienda y sea factor de cohesión social en vez de parte de un proceso de dualización, es la libertad que genera diversidad en los usos. Se trata de pensar en nuevas aplicaciones, en reciclajes inimaginados del conocimiento social acumulado.
Creative Commons extiende los poderes de los autores sobre los usos hechos por otros de sus creaciones. Por éso es incompatible con el bricolaje tecnológico que la extensión de la cohesión social exige. Son preferibles patentes y derechos intensos pero breves y cláramente delimitados en el tiempo a sistemas de derechos eternos que controlen sin embargo el rango de aplicación. Y esa es jústamente la lógica de la Devolución:
No olvidemos que la mal llamada propiedad intelectual no es sino un tipo de patente. Patente es un privilegio estatal (como las patentes de ingenios o las patentes de corso) y frente a los privilegios estatales no se lucha flexibilizándolos o permitiendo a sus detentadores una definición personalizada que les permita generosas donaciones de lo que previamente fue expropiado a la comunidad.
Los privilegios estatales se enfrentan abogando por su derogación
y si hay demasiados poderes en juego por su limitación temporal. En eso consiste la Devolución. Y con ello si cabe un planteamiento reformista: ¿que las obras artísticas tienen hoy un tratamiento similar al de una propiedad física 70 años después de la muerte de su autor? Reduzcámoslos a 10 que empiecen a contar con su fecha de registro público e incentivaremos de paso una industria más ágil y más valiente. ¿Que las patentes de las farmaceúticas pueden funcionar durante 20 años? Reduzcámoslas a 5
Eso es la Devolución.
No se trata tan sólo de evitar los sustos y las trampas del viejo sistema de patentes y Derechos, se trata de no abortar en su origen ni limitar en su alcance ese bricolage, ese reciclaje tecnológico y creativo que es la principal vía de extensión y aplicación social del conocimiento y la innovación
Sólo la Devolución nos permite un horizonte en el que el par diversidad~innovación no sea alternativo al par cohesión~extensión del conocimiento. Sólo la Devolución genera un verdadero procomún: el viejo y estupendo dominio público de la tradición jurídica continental, el gran contenedor del que durante siglos los comunes hemos sacado las piezas con las que participar de las Artes, las ciencias y el cambio tecnológico. Su restauración, refresco y actualización mediante una restricción temporal progresiva de las patentes y derechos de exclusividad otorgados por el estado a las creaciones, es el camino a seguir. Para que el tríptico Libertad, diversidad, impatentabilidad tenga opciones de futuro, el grito de combate hoy no puede ser más que uno: Devolución.
Lunes, 10 de Octubre de 2005
Acabo de leer unas citas de Viñals que recogía en su último post Daniel Bellón y no puedo sustraerme a dar una respuesta y hacer una reflexión en caliente. Cita Daniel a Viñals:
Por duro que parezca, la llamada propiedad intelectual de las obras de arte es un concepto cuestionable y que debe desaparecer, así como todo concepto de propiedad individual a favor de la propiedad social de los bienes artísticos de toda índole. Hoy esos derechos de propiedad intelectual son transmisibles incluso a los herederos, lo cual es otra de las aberraciones del sistema capitalista. Pero ojo, propiedad social no equivale a propiedad nacional. Debería crearse un Fondo Internacional de obras de arte que incluya a las obras literarias y de pensamiento, por supuesto, y cuyos recursos sirvieran para la promoción, también internacional, de la cultura
Pues bueno, ese fondo común ya existe, es el patrimonio Copyleft, el conjunto de obras libres distribuidas bajo una licencia que obliga a que toda obra derivada sea libre también.
Lo que me molesta tanto de Creative Commons como del planteamiento de Viñals es que piensan que es posible un uso reformista del privilegio de propiedad intelectual.
El error está pensar en que el arte, el conocimiento o las creaciones inmateriales son un bien de capital, es decir fuente de rentas. El conocimiento no es una fuente de rentas, sino su uso. Gravar y por tanto frenar, aunque sea con noble causa la transmisión del conocimiento, no equivale a poner un impuesto sobre el capital, sino a evitar o frenar que las personas puedan llegar a tenerlo, no digamos ya usarlo para generar más conocimiento. Y como todo freno, lógicamente frena más a quien menos conocimiento acumula previamente.
En consecuencia: aceptar la propiedad intelectual, sea del tipo q sea (la de la Creative Commons más q la de la SGAE q al menos nos queda la esperanza de restringirla en tiempo de explotación) no puede sino hacer que la distribución del conocimiento y sus rentas -que es per se una función potencial- sea cada vez más dual.
Es lo que tienen los privilegios acumulativos, que tienden a producir distribuciones cada vez mas duales (todos tienden a no tener nada y un grupo exiguo tiende a tener todo). En ese marco CC significa que los pocos q tienen mucho se dan cuenta de que mejor permiten acceder a parte a la mayoría o el público no tendrá el conocimiento suficiente ni para poder disfrutar del consumo de sus obras.
No olvidemos que la mal llamada propiedad intelectual no es sino un tipo de patente. Patente es un privilegio estatal (como las patentes de ingenios o las patentes de corso) y frente a los privilegios estatales no se lucha flexibilizándolos o permitiendo a sus detentadores una definición personalizada que les permita generosas donaciones de lo que previamente fue expropiado a la comunidad.
Los privilegios estatales se enfrentan abogando por su derogación
y si hay demasiados poderes en juego por su limitación temporal. En eso consiste la Devolución. Y con ello si cabe un planteamiento reformista: ¿que las obras artísticas tienen hoy un tratamiento similar al de una propiedad física 70 años después de la muerte de su autor? Reduzcámoslos a 10 que empiecen a contar con su fecha de registro público e incentivaremos de paso una industria más ágil y más valiente. ¿Que las patentes de las farmaceúticas pueden funcionar durante 20 años? Reduzcámoslas a 5
Eso es la Devolución, que lo que ha sido construido partiendo del patrimonio cultural y científico de la Humanidad y que fue raptado por el Estado a principios del siglo XX sea devuelto a la Humanidad. Porque es con sus piezas con las que el artista , el ingeniero o el científico hizo su nueva obra.
La clave: la propiedad intelectual es un privilegio que el estado creó para que al patentar o registrar -es decir, al hacer pública la innovación- se generaran rentas inmediatas que incentivaran al autor a hacer pública su creación, la idea es que pasara al dominio público mientras todavía tuviera valor social. Y cualquier economista que sigue los journals sabe hoy que ya no es necesario el privilegio para permitir que las innovaciones se difundan o sus creadores tengan incentivos para desarrollarlas.
Es más, históricamente estuvo supeditada en la práctica a las necesidades sociales de innovación. Cuando Eli Whitney inventó la desmotadora del algodón a nadie -y mucho menos a él mismo- se le ocurrió plantear demandas por pirateo a pesar de que la hubiera patentado. La desmotadora era un invento sencillo, genial, que permitía reducir el precio del algodón dramáticamente y convirtió a EEUU en el gran proveedor de las nacientes manufacturas textiles británicas. Y el algodón -hasta entonces equivalente al lino en precio y limitado por tanto a las clases altas- en un bien de consumo de masas de precio asequible. El uso de prendas de origen vegetal se considera por cierto, una de las causas de la mejora de la higiene pública a principios del XIX y del aumento de la esperanza de vida. EEUU y Gran Bretaña pasaron, gracias a la industria de la manufactura algodonera, de ser países en desarrollo a ser países desarrollados. En el Reino Unido las escenas manchesterianas que todavía hoy nos ponen malos empezaron a ser cada vez menos frecuentes en los años 30 de ese siglo. Como escribe Paul Johnson, cuando Dickens escribe Oliver Twist describe un mundo que real en su juventud estaba ya desapareciendo.
Lo que hacemos hoy gravando con patentes y derechos de autor la transmisión del conocimiento es, entre otras cosas, hacer que los países que no dieron entonces el salto lo tengan casi imposible ahora. Las desmotadoras de hoy exigen royalties y sus países de origen amenazan con sanciones en la OMC a los estados que no ofrecen garantías para su cobro, evitando que alcancen la masa crítica que hace posible ese salto cualitativo que llamamos desarrollo.
Y dentro de cada país favorecer la concentración del conocimiento por un lado en los monopolios y en las grandes corporaciones (véase la campaña contra las patentes de software) y por otro dualizar el acceso a las artes produciendo un modelo social en el que las nuevas generaciones cada vez parten de un acervo menor que les permite disfrutar de menos cosas en un terrible círculo vicioso. No es casual que los museos se hagan cada vez más incompresibles mientras la gramática audiovisual o el léxico del arte de masas se hacen mucho más simples que cuando las tasas de alfabetización y los niveles formativos medios eran muchísimo menores.
Y esos círculos no se rompen con Creative Commons ni -basta un pequeño ejercicio microeconómico- invirtiendo en formación el dinero ganado con el sistema de derechos de autor. Eso sólo se puede romper por dos caminos, la devolución progresiva y el copyleft, es decir, aumentando el volumen del dominio público y su frescura por un lado y haciendo más potente y amplio el catálogo de obras libres cuyos derivados son obligatoriamente libres también.
Lunes, 3 de Octubre de 2005

Como sabéis uno de los temas en los que intento profundizar y formarme una opinión es en el de las alternativas distribuidas a la escuela. Hoy en Salon.com aparecía un artículo sobre unschooling que os recomiendo.
Unschooling es un término nacido del movimiento de la escuela no autoritaria abierto por Summerhill de A.S. Neill. A los que vengáis de entornos libertarios inevitablemente os resultará familiar su consecuencia española: Paideia.
La novedad del nuevo unschooling respecto al de Summerhill o Paideia es que utiliza Internet para funcionar de forma distribuida e independizarse de la escuela/edificio. Dicho a lo bruto: sustituye la bibliotea por la Wikipedia y la red.
La desescolarización no es un dejar hacer sin más. Es un proceso en el cual las propias aptitudes y actitudes del niño van a ir impulsando su curriculum, llevándole a aprendeder y moverse por el conocimiento de una forma similar a la que el hipertexto nos mueve por la red. El niño aprende lo que va necesitando aprender para poder disfrutar de mayores conocimientos. Es usual que en un proceso así haya baches temporales que a la gente le cuesta admitir, puedes encontrarte con niños de doce años que no saben ¡¡oh horror!! hacer raíces cuadradas como sabían hacer a la misma edad sus padres durante los años de la reclusión escolar. Pero la experiencia dice que acaban aprendiéndolo y lo que es más importante, disfrutándolo, al llegar a ello por propia iniciativa, deseando aprenderlo, con un por qué y un para.
Hace dieciseis años, discutíamos mucho sobre estas cosas. Soñábamos una escuela así para todos. Sin embargo, en la misma experiencia de Paideia, la socialización es una parte muy importante de la experiencia educativa: los niños viven la diversidad sin los horrores y violencias de la escuela tradicional. Para mi esto es muy importante porque no me gustaría que mi ahijada Daniela o mis futuros hijos tuvieran que aprender a sangre, como aprendí yo y en la misma escuela, aquello de que el infierno son los otros.
¿Cómo resuelve esto la desescolarización a través de Internet? En primer lugar montando redes de padres que organizan grupos y clubs para los niños con actividades artísticas y cooperativas complementarias que responden, parece que bien, a esta cuestión.
¿Es la desescolarización no autoritaria a través de la red una alternativa al dilema escuela pública centralizada vs escuela privada atomizada? Empiezo a creer que sí. Y empiezo a darme cuenta de que este es uno de los cabos heredados de la tradición libertaria que tomamos a finales de los 80 y principios de los 90 y que todavía no habíamos atado con las nuevas herramientas de las redes distribuidas.
Tout ce qui n'est point nouveau dans un temps d'innovation est pernicieux ~ Saint Just
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