Jueves, 23 de Junio de 2005

Diversidad, patentes y voluntad divina

JS MillLos dos últimos posts son un pequeño tour intelectual a partir de John Stuart Mill. En el último, llegamos a algo interesante, la conexión entre diversidad y cooperación social. Antes, en el artículo cuya lectura me puso en marcha, Juan Urrutia abordaba esta relación por otro lado, como resultado de la complementariedad de factores a corto plazo.

La idea, desde el punto de vista evolucionista es que ni siquiera importa la complementariedad ahora. Puede que el otro, el diferente o minoritario, el freaky, no aporte ningún factor que sea complementario al nuestro en este momento. Pero puede que sí que lo sea mañana porque no sabemos como será entonces el entorno en el que nos movamos.

Si no sabemos cuales van a ser los factores que serán necesarios mañana para seguir vivo, la diversidad se convierte en una forma de cooperación necesaria para la supervivencia (no sólo colectiva, sino propia) a medio y largo plazo, tanto o más que la competencia a corto.

En este marco podemos definir la competencia como la lucha por obtener más recursos más eficientemente. Esa lucha es fundamentalmente un proceso de aprendizaje y superación por parte de cada individuo y por cada grupo en su forma de organización. Normalmente está basada en un sistema de incentivos que “premia” la innovación exitosa con una parte mayor de lo mismo que se ha producido. Los resultados para los individuos se miden en % de producción apropiada y para el conjunto en eficiencia paretiana, productividad, etc.

La cooperación en cambio se mediría como porcentaje de la producción redistribuida. La lógica es que una vez obtenidos los recursos, una vez mejorada la máquina social, toca hacer extensivos también las consecuciones a los que protagonizaron innovaciones no triunfadoras o simplemente siguieron como hasta ahora. La medida de esa redistribución, cuánto viene a caer en manos del que no participó de la apuesta, vendría a representar en cuanto valoramos la diversidad. Dicho en otras palabras, cuanto valor damos hoy a la posibilidad de que nos sean útiles mañana.

Todos los sistemas sociales desarrollan formas de competencia y cooperación, aunque no siempre bajo el mismo sistema de incentivos. El denostado mercado también distribuye los incrementos de riqueza generados entre aquellos que no participaron de su generación. Por ejemplo, una mejora tecnológica que aumente la productividad. Aunque se localice en un sólo sector y en una sola empresa, todos los agentes acaban viéndose beneficiados por ella. Otra cosa es que esa redistribución se considere insuficiente o que los mecanismos a través de los cuales hace extensiva sus ventajas al resto de la población puedan parecer contradictorios a corto plazo. En este ejemplo es muy probable que el cambio tecnológico produzca “paro” a corto aunque mejore el poder de compra a largo. Lo corto que sea el corto plazo y lo largo que sea el largo plazo dependerán de la estructura del mercado de trabajo, de las regulaciones generales, del grado de concentración industrial, del grado de internacionalización de la economía y de otros factores… Pero el caso es que, se pinte como se pinte, existe redistribución y cooperación “cohesiva” en el mercado.

Poisson TreeAhora, la extensión del conocimiento, la redistribución de las ventajas obtenidas por la innovación triunfadora, dependen sobre todo de la extensión social de lo aprendido.

Patentes y “propiedad intelectual” son sistemas que buscan incentivar la competencia a costa de la cooperación. Lo nuevo no se hará extensivo durante un periodo determinado (75 años en según que casos), no porque los demás no quieran seguirlo, sino porque legalmente estará garantizado que no se extienda, que ningún otro distinto del patentador podrán hacer uso de ese avance sin pagarle una renta extra directa.

¿Es esto erróneo? Pues depende, a fin de cuentas, si sabemos que los factores de supervivencia y éxito de la comunidad son estables ¿de qué me valdría la diversidad? ¿por qué dejar que el mercado redistribuya y desarrolle la cooperación? ¿Por qué no ir más rápido hacia donde sabemos se irá indefectiblemente, favoreciendo la competencia a costa de la cooperación y más allá del mercado mediante un monopolio temporal sobre la invención asegurado legalmente?

Lo que parece claro es que si bien un mundo donde esto fuera así, donde las claves de todos los futuros posibles fueran conocidas, es imaginable, es seguro de que no es nuestro mundo. Ni el que conociera Mill.

Y ahora volvamos a traducirlo a términos teológicos: ¿cuando tiene sentido el desprecio de la diversidad? Cuando conozco los designios de Dios, cuando sé que es manifestación de la voluntad divina y qué no. Por eso, la batalla por la diversidad es al fin una batalla entre los que parten de la incognocibilidad de Dios y los que parten de su conocimiento completo, de los que creen saber que hay teleología, que toda la Historia se encamina hacia un punto, hacia un final, y los que asumen que seguramente no sea así y que si en todo caso fuera de ese modo, sería imposible saber cual es el destino deseado.

No vivimos una guerra de civilizaciones ni entre religiones, vivimos una guerra entre los distintos avatares de un Ozymandias iluminado e integrista y los demás, seamos devotos, deicidas, politeistas, agnósticos o simple y modéstamente, humanos.

Pero, entonces ¿qué hay de rigurosamente nuevo en nuestros días? Mucho. Empezando porque a lo mejor, la sustituibilidad entre cooperación y competencia, entre fomento de la superación y valoración de la diversidad se está extinguiendo. Y con ella de algún modo muere Darwin y vuelve Blake…

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Darwin en el ciberespacio

DarwinEs difícil entender el impacto que la tardía publicación de las teorías evolutivas de Charles Darwin causó en su momento. Creo que sólo sería comparable a la revolución newtoniana, cuyos hijos directos (entre ellos toda la teoría económica) siguen formando parte de nuestras herramientas básicas de comprensión del mundo.

La pregunta a la que respondía Newton era la de la unidad (¿por qué y cómo las cosas interactúan todas entre sí?). Newton, que nunca abandonó una motivación mística, buscaba, nos cuenta Keynes, la ley del amor. En un momento dejó de creer en la literalidad del texto bíblico y empezó a pensar que la ley divina debía de estar escondida en algún otro lado… Tras un primer coqueteo con la Kabalah, su práctica de la alquimia le lleva a la hipótesis de que la Ley está implícita en cada elemento creado y es expresable en la lengua universal divina, la de las proporciones…

En búsqueda pues de la expresión matemática de la ley del Amor llega Newton a preocuparse por el amor entre las cosas. Por la Gravitación. Smith lo leería de un modo similar, convirtiendo la iniciativa individual en el trasunto social de la gravedad y la sociedad en un mapa de vectores de fuerzas newtonianas que milagrosamente, atendiendo a un orden implícito e invisible, produciría, como entre los cuerpos físicos, un equilibrio final.

Que la mano de Dios se manifestara a partir de lo que para los individuos no era sino competencia y superación en el límite, no era pues ninguna novedad para el hombre culto victoriano. La idea de la Naturaleza como un entorno competitivo era algo evidente si leíamos a Newton desde Smith. Lo revolucionario de Darwin estaba en otro lado. Y no, no estaba en la negación del creacionismo divino. Más allá de los titulares periodísticos, Adán y Eva no formaban parte ya de la literalidad de las creencias de muchos.

Lo verdaderamente trascendente de Darwin atendía a otra cosa. A la diversidad. La diversidad en la unidad de la voluntad divina había preocupado ya a todos los pensadores cristianos de la Era Moderna y en particular a Leibniz. Darwin respondía pues a algo con gran sustrato anterior, a la madre de todas las preguntas.

Darwin responde a por qué hay tal diversidad de especies, por qué partiendo de la unidad orginal -el plan divino- atestiguada por los geólogos (que iban por entonces bastante desencaminados en la datación) se había llegado a una diversidad tal de especies. Es más, ¿por qué aparece la diversidad? ¿Por qué no hay un ganador en la carrera evolutiva? ¿Por qué muchos y no uno? ¿Es que Dios no tiene una única respuesta? ¿No hay acaso unidad en Dios? De un golpe, rompe el nudo gordiano de la preocupación teológica que había alimentado el pensamiento europeo (cristiano) sobre la diversidad.

No es de extrañar por tanto que los dos “descendientes” de Darwin en las ciencias sociales, los dos primeros “darwinistas sociales” no hubieran sido educados en la tradición cristiana. Desde mi punto de vista son además los dos grandes genios de su época: Marx (de familia judía descreida) y Mill (educado en el benthamismo).

La conexión de ambos con Darwin es explícita. En el caso de Mill, como comentábamos, el objetivo es explicar (tal vez con fuertes motivaciones biográficas) que la diversidad de individuos, de comportamientos, de actitudes, objetivos y morales, lejos de ser una amenaza a la comunidad es la garantía de su supervivencia. En el caso de Marx -al que Engels compara directamente con Darwin en el prólogo, creo, del Manifiesto Comunista- el objetivo es explicar la diversidad de sistemas de organización económica y social (modos de producción) y su dramática subsunción en el capitalismo.

No encontré en Marx nada de moralina antidarwiniana. Mucho menos en Mill. Al revés. Sin embargo, tanto por la inevitable influencia del sentimentalismo cristiano a lo Disraeli que periódicamente contamina tanto a liberalismo como sobre todo a las tendencias socialistas y socializantes, pronto el término darwinismo social , asociado en principio a Spencer pero sobre todo a autores “menores” como Summer, se convertiría en tabú.

Ni Summer ni el mismo Spencer habían entendido a Darwin: no sólo la supervivencia no se restringe a la especie más fuerte, ni siquiera dentro de ella sobrevive sólo el más fuerte. Porque la supervivencia no depende de un único factor y porque los mismos factores que permitirán sobrevivir mañana seguramente sean diferentes a los de hoy. En la naturaleza, como en el mercado, sobreviven muchos y muy diversos. Y es esa diversidad el verdadero misterio original. Misterio cuya lógica al fin desvelada reside en la especialización y en la generalización de lo aprendido con ella, es decir, en la cooperación tanto como en la competencia.

Nadie rompería el tabú de la condena moral del darwinismo social. Nadie recordaría cual era la verdadera aportación de este. Ni desde los liberales post-Mill (que se centrarían una y otra vez defendiendo el benthamismo implítico en la teoría económica frente a economistas católicos a lo Pareto y Schumpeter empeñados en extirpar el utilitarismo de la teoría del valor) ni mucho menos desde la izquierda. Y al no hacerlo, ambas teorías perdieron una parte fundamental de su comprensión de la diferencia y del papel de esta en la unidad. Y esto tiene mucho, pero mucho que ver con la actitud frente a Internet, la sociedad red y todo lo que representa…

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Miércoles, 15 de Junio de 2005

De Holmes a Boone y de Stuart Mill a Juan Urrutia

Sherlock Holmes es ya un tópico, un arquetipo que no nos asombra en absoluto. Originalmente era tal el shock que provocaba que la cultura popular ha tardado casi un siglo en vacunarse completamente a través de mil avatares, de los cuales, el penúltimo (Grissom, de CSI Las Vegas) se permite incluso ser políticamente correcto hasta el hastío.

Este proceso de asimilación era necesario porque Holmes planteaba, en su ser, cuestiones realmente profundas en un tiempo, la primera globalización, que obligaba a enfrentarse a algo realmente amenazante: la diversidad.

Se cerraba el dibujo del mapa mundi y no cabía pensar ya que estuviera dividido en civilización (cristiana) y barbarie. Es cierto que siempre lo más terrible en Holmes viene del remoto extranjero (desde los mormones del Estudio en Escarlata al primo asesino de El Perro de Baskerville pasando por las flechas de curare que no recuerdo muy bien en que aventura salían). Pero frente a la oscuridad y lo terrible de ese mundo externo y ajeno que al abrirse al comercio y la exploración traían el oscurantismo y la perfidie a la tranquila metropoli británica, Doyle ofrece una solución que aporta certeza: la confianza en el poder la ciencia. Y esa solución viene de la mano de un auténtico freaky, un tipo raro, solitario, probablemente gay, con escasas habilidades sociales y adicto a los opiaceos. Recuerden, Inglaterra victoriana. El tipo, un cromo: obsesivo, asocial y nada, nada convencional. La clase de persona que en el imaginario popular de la época se dedicaba a las ciencias aplicadas.

Personalmente siempre me imaginé al bueno de Sherlock hecho a la medida de William Stanley Jevons (1835-1882), quien a todas luces era más excéntrico que el detective de Baker Street. Aunque parece que en realidad la figura está inspirada en un profesor de anatomía del propio Doyle.

HarrietLa primera aventura de Holmes se publicaba en 1887, diecisiete años después de On Liberty de John Stuart Mill. Siempre me asombró que los que histérica y violentamente se reclaman como liberales, nunca citaran este libro ni lo colocaran entre sus obras de referencia. Para mi, como la propia autobiografía de Mill (una auténtica vida de freaky que me hizo saltar las lágrimas de emoción en el penúltimo año de facultad), ha sido uno de los libros más influyentes tanto vital como intelectualmente. De él fuí inevitablemente a sus textos sobre la cuestión femenina y la cuestión obrera, influidos cuando no escritos, por ese maravilloso personaje que fue Harriet Taylor, cuyo modelo analítico puede rastrearse sin grandes problemas en lo que sigo escribiendo a día de hoy y que en aquel momento me dieron un primer buen basamento en mis debates con las ideas autoritarias imperantes entre la progresía.

Estoy seguro de que mis antiguos alumnos de la Carlos III allá por 1999 y 2000, recordarán todavía las lecturas dramatizadas, los debates sobre On Liberty… Y yo recordaré siempre cómo se emocionaban, cómo entendían que aquello, una argumentada y hermosa defensa de la diversidad, hablaba de ellos y para ellos. Como entendían que el derecho a ser diferente, a tener un espacio, a vivir y ser de un modo distinto, no sólo permitía a los freakies ser felices e innovar, sino que era la única garantía de la que la comunidad podía dotarse ante un mundo en cambio permanente donde los patrones comunes y aceptables hoy de nada podían servir mañana y en el que lo que hoy parecía inutil o absurdo, inmoral o fuera de lugar, mañana podía pertenercer a esa base de consensos necesarios en cuya defensa salen siempre los conservadores de toda condición muertos de temor frente a la diversidad.

The curious incident of the dog in the night timeEstos días me estoy acordando mucho de Mill. Seguro que pensáis que por las demostraciones de pánico que a algunos les genera el reconocimiento legal de la existencia de homosexuales. Pero no, no es por eso. La responsabilidad recae más bien en un libro maravilloso: The curious incident of the dog in the night-time. Una novela de detectives postmoderna contada en primera persona por Christopher Boone, un chico de 15 años con sindrome de Asperger. En la cruda prosa, no sólo está Holmes, estamos nosotros, los freakies de JS y Harriet, y sobre todo -ninguna vergüenza me da confesarlo- me siento yo. Escribe Christopher:

“Sherlock Holmes had, in a very remarkable degree, the power of detaching his mind at will” And this is like me, too, because if I get really interested in something, like practising maths, or reading a book about the Apollo missions, or Great White Sharks, I don’t notice anything else and Father can be calling me to come and eat my supper and I won’t hear him (…) Also Doctor Watson says about Sherlock Holmes “his mind was busy in endeavouring to frame some scheme into which all these strange and apparently disconnected episodes could be fitted”

Seguramente leyendo esta novela el público de hoy podrá sentir algo parecido a lo que un victoriano británico sentía al leer a Doyle. Igual que esa sensación de frame some scheme into which all these strange and apparently disconnected episodes could be fitted, que todavía sentimos muchos con JS Mill, se multiplica y actualiza en las nuevas líneas de trabajo de Juan.

Leyéndole se entiende porque entre el caleidoscopio de Brewster, que muchos pensaron un juguete inutil, y los grandes telescopios de hoy, que sólo son robustos gracias a la diversidad, hay una línea directa. Por eso creo que hoy, lo que toca, sigue siendo construir caleidoscopios, apostar por la diversidad. Que es hacerlo por la libertad. Como siempre. Pero en un mundo que vuelve a cambiar y dónde un nuevo tipo humano, todavía considerado freaky, acabará siendo el que aporte las nuevas pautas que permitan a la comunidad sobrevivir. Lo bonito es que todavía no se sabe cúal es. Aunque nos podemos ir haciendo una idea, ¿no?

Guardado por David de Ugarte en su moleskine a las 8:02 pm | (0)

Tout ce qui n'est point nouveau dans un temps d'innovation est pernicieux ~ Saint Just

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