Lunes, 25 de Abril de 2005
La avenida Jreschatek sigue cortada al tráfico durante todo el domingo. Vamos dando un paseo hasta Independencia. Los vendedores ambulantes hacen compartir puesto a una camiseta popart con la efigie de Timoshenko con otras rojas, para turistas, con el viejo CCCP (=URSS) de los equipos deportivos del fenecido Imperio. Bajamos a subte-Chiba y compramos fichas de metro a 1 hrivnia por cabeza. Tenemos que ir a la estación de tren a comprar billetes con Aña.
El metro es una experiencia en si mismo. Conserva la saturación icónica de la propaganda soviética y los inmensos pasillos, las perspectivas imposibles de unas escaleras que son lo más parecido que he visto nunca a una catarata mecánica. Pero con gente. Deberían hacer obligatorio el casco.
En la escalera, los anuncios son luminosos, hacen series y sólo da tiempo a leerlos por entregas, cambiando de referencia como quien cambia de testigo en una carrera. Todo está increiblemente limpio. En los vagones el último rinconcito, el último asa, tiene un anuncio hecho a medida. Es como ver un gazpacho con lupa. Un montón de colorín en el que se sumergen, ciegos, los locales.
La estación de tren es un despliegue de ucrianidad. Algo así como debía de ser Atocha a finales de los sesenta. En cualquier momento nos sale un Tony Leblanc rubio pajizo, gallina a cuestas, a contarnos el tocomocho
si no se lo merienda en el camino una de las versiones obrero-campesinas de Timoshenko que pululan por aquí abroncando a gritos a los funcionarios, guardando interminables colas, protestando precios y retrasos. La estación está en penumbra. Sólo el hall principal, clavadito a la escena del tiroteo de Los Intocables de Elliott Ness, tiene luz natural. Al margen de las oscuridades la sensación es terríblemente familiar. Amaya dirá lo que quiera pero los ucranianos son definitiva y palmariamente mediterráneos:
- Gesticulan como locos. Los afortunados con móvil mientras dan paseos arriba y abajo de la calle, Yushenko y Timoshenko en la tele, la señora campesina que gruñe al funcionario de la mampara
todos juntan las yemas de los dedos elevándolas al cielo y agitando la mano arriba y abajo en ese gesto, ese preciso gesto, que en cada esquina de nuestro mar quiere decir una cosa diferente pero que nadie fuera de sus vapores usaría. Aquí, por cierto, en una especie de lectura leninista, cada movimiento del antebrazo se acompaña de una razón, como si los enfados debieran ordenarse en tesis.
- Se buscan la vida. Aquí no funciona ningún sistema de ofertas comerciales a la europea, porque rápidamente da pié a un retailing. Ejemplo: las tarifas planas de móviles. Aquí una tarifa plana cuesta 100 dólares mes, el salario medio de un obrero cualificado o un oficinista satisfecho. Los operadores alemanes lo pensaron como un producto para la nueva burguesía
y la han tenido que retirar. ¿Por falta de clientes? Todo lo contrario, por ese emprendedurismo a la gaditana tan propio de (Rita dixit) nuestro mar. El sistema es fácil, pides un prestamo a amigos, familiares o mafia, coges la tarifa plana (que se paga por adelantado), te compras una cadenita y engarzas el móvil. Buscas una esquina en una calle en la que la protección no sea muy cara pero pase gente. Te calcas un cartelito de Un minuto 1 hrivnia, mínimo 1 hrivnia!
y una vez repartidos beneficios con los que controlen la calle en cuestión a reinvertir en nuevos móviles con tarifa plana hasta convertirte en un cruce entre Cruella Deville (con 101 cadenitas colgando del cinto) y un locutorio chino de Plaza de España. Al cabo de unos meses te puedes llegar a sacar limpios unos 300$, lo mismo que gana un jefe de servicio en un hospital de primera línea.
- Fuman todos. Aquí no hay esa relación con la culpa y el cuerpo tan típica del torturado brasor protestante. Aunque no se pueda fumar en casi ningún recinto cerrado (quitando bares y cafés). Son mu limpitos eso si, tienen ceniceros en los exteriores de las tiendas (a veces con calefactores) para que hagas tertulia mirando el escaparate. E invitan.
- La higiene según la mamma. Sí señor, vaya usted a una casa ucraniana y flipe. ¿Pensaba a que unos cuantos miles de quilómetros se libraría de su madre con el trapo limpiando los cercos de los vasos? Estaba muy equivocado, la Internacional Matriarcal es más poderosa que el Bundesbank o la Fundación Soros. Esto, puertas a dentro es Cádiz, Granada, Túnez, Nápoles, Malta o Beirut: mientras haya una auténtica madre ucraniana cerca podrá comer en su propio fregadero, que no tendrá nada que envidiar a un quirófano de la Ruber en higiene y brillo.
- Son flexibles, si en el restaurante pasa un pollo asado y tu te habías pedido un arroz blanco y le preguntas a la chica si puede coger un poco del aceitito y echártelo por encima, en vez de ese careto cortocircuitado que te pondrían, es un ejemplo, en Alemania, sonríe como diciendo qué mono y te lo pone en el momento con toda naturalidad. La flexibilidad tiene sus lados malos, claro, como la de los profesores de las unis más prestigiosas que se sacan un sobresueldo (entre 5 y 10$ por alumno y asignatura) por asegurar las notas a los estresados o los que dependen de beca. Claro que la escoba naranja ya anda barriendo también en estos campos y en unos años la flexibilidad mal entendida seguramente no sea más que un recuerdo.
- Nadie nos toma por guiris. Y eso que aunque el gabán ciberpunk de Nat ayuda, lleva los zapatos más planos del mercado desde aquella vez en que el bueno de Suso de Toro, al verle llegar sobre unas sandalias con plataforma de madera le dijo aquello de Pero
¡¡si anda sobre muebles!!. La cosa es coherente con lo que nos cuentan de la emigración uki (tienen ya dos millones de emigrantes). Los que vienen a España ganan menos que los que van a EEUU pero son los envidiados, porque a diferencia de los otros aseguran estar integrados, pasárselo bien, no sufrir rechazo, tener novios/ novias españolas
Resultado: ser español está bien visto. Somos unos lejanos, bullangueros, apasionados y simpáticos primos del otro lado del Mediterráneo que no pueden competir en dinero con alemanes o americanos pero que son de la familia
Y si ellos lo dicen
Por la noche volvemos a inflarnos de platos de carne en el Putzata Jata. Aña se horroriza cuando me ve coger mijo como guarnición. Demasiados recuerdos de los años de vivir al borde del precipicio. Eso sí, se coge un hígado encebollado y en pleno ataque de maternidad ucraniana acaba dándoselo a probar a una Natalia aterrorizada que sólo dice, no no, spasiba
pallalsta, pallalsta
y acto seguido se bebe de un tirón medio litro de cerveza cárpata para intentar borrar el sabor
Luego café en uno de esos pubs sótanos tan del Este. Tan acogedores, donde el camarero pregunta confiado en ruso a Natalia cuantos vamos a ser y ella, supersegura y con el mejor acento kievense le responde: ¡Café!. Repuesto del cortocircuito vuelve y pregunta en inglés si quiere el café con hielo, eso sí, con acento de espía del KGB de las pelis de la época Reagan. Algo así como vis ais?. Y Nat, bien enseñá, y con acento esta vez ligeramente bieloruso, de la parte lindando con Mieres, y con la misma seguridad le dice: Pallalsta, ya ne gabarit ukrianski iasik, no iesli vui gabarit paruskiy ya niemnoga panimaiu
(lo siento, no hablo ucraniano, pero si habla en ruso le entiendo un poco). El pobre se fue corriendo. Para mi que a hacer un curso de autoayuda en CEAC.
Ya no nos queda tiempo para pasarlo bien. Hay trabajo por delante. La marcha se presiente en los huesos al modo en que se presiente una tempestad en medio de la mar o una desgracia en un sueño. Algunas cosas tendrán que cambiar en mi vida entonces.
De este país en parto me llevo muchas cosas. Entre otras el impulso, el seguimos para adelante, el disfrute, con mucho o con poco, de la calle. Ese suicida dar la cara masivo que fue la Revo Naranja. El espíritu de las mujeres. La necesidad física de libertad. El sacarse las castañas. El Mediterráneo y la revolución. El naranja del movimiento y el rojinegro (libertad o muerte) cosaco que luce hoy taconazos y vestidos en vez de espuelas y uniformes
Todo eso me llevo y mucho mío se queda, porque, como decían los activistas negros de los 70 en Estados Unidos, Once you go black, you never come back.
Domingo, 24 de Abril de 2005
La libertad es el alma del viaje
(William Hazlitt)
La puerta más bonita del mundo, esa era nuestra Aña tan sólo tres horas después de haber entrado a una ducha rápida. La estética de la noche kievense es un tanto ochentero-mecanera. Nada que ver con la calle y el rock. La noche es exclusiva y su epicentro el club.
Planeamos ir a Opium, lo más de lo más. Anuncian la programación y los DJs (traidos desde Londres) en Afish, un cruce local entre El País Estilo de principios de los noventa y la Guía del Ocio.
No puedo evitar temerme lo peor: en este país piensan que Eurovisión es cool, europeo y moderno, y el uso público y comercial, los anuncios de CocaCola, de Samsung y la publicidad institucional lo pintan como la macro rave del milenio, como la oportunidad definitiva de mostrarles al mundo (cuando ellos creen que les van a estar mirando) que son definitivamente europeos guays y no atrasados exsoviéticos. Aquí Europa vende. La mayonesa que más se anuncia en la tele se llama Mayonesa Europea, en el anuncio un chico preparara una ensalada y unas patatitas cocidas para la cena de una chica que por algún misterioso motivo cultural le regaña y le da un beso como premio; el mensaje es claro, para merecerte una auténtica timoshenka ucraniana tienes que europeizarte, man. Esta revolución de mujeres sobre zancos no va a esperar a una nueva generación para cambiar los roles. Tu Samsung, tu europeidad proclaman los coreanos más listos que el hambre. Cuando se enteren en Seul del rollo que lleva la filial local no quiero ni imaginarme.
Natalia y yo nos miramos escuchando el relato de Aña y nos entra una pereza infinita. Nat decide quedarse en casa. Yo exploraré sin embargo las calles al paso de los tacones de fiesta y junto al brillo de las chupas de poliester. Kiev bien vale una disco.
Opium por fuera es un híbrido entre bingo madrileño y restaurante marbellí llevado por la mafia local. Los deportivos se agolpan en la puerta salpicados por el barro de un camino, que aún en pleno centro, sigue sin asfaltar. Tremenda la seguridad. Tremendos los seguratas. Exclusiva entrada de pago (dos euros).
Pongo cara de ucraniano-enfadado-que-quiere-tener-un-punto-europeo-pero-no-le-acaba-de-salir y me encomiendo a los dioses. No hay way. En la cola de la consigna veo que se me acerca, tremendo, el jefe de los seguratas: traje negro, camisa negra, corbata negra. Le miro serio a los ojos. Chto eta? pregunto sacando mi mejor acento. Sonríe con una pena infinita, como quien va a darme el pésame por la muerte de un ser querido y señala mi brazo bajando los ojos. ¡¡Sielos!! ¡¡Una mancha!! Sigo el rollo y pongo cara de me han pillado con la bragueta abierta, limpiándomelo inmediatamente. Es sólo el comienzo.
La discoteca está más reluciente que una patena. En la zona de baile no se puede fumar ni beber, sólo bailar. Me sorprende la ordenación espacial: el DJ -gogos a los lados- frente a la gente pero a su misma altura y un amplio espacio desaprovechado detrás para que se preparen los ayudantes
hasta que me doy cuenta de que es exactamente igual que la de la misa bizantina que vimos por la tarde. ¿Nosotros elevamos a los DJs por que nuestros curas hablan desde el púlpito?
Hay un bar para tomar algo. Poco, muy poco alcohol, esto es de clase alta y hay que diferenciarse del macho ucraniano. Por un momento temo que me saquen mayonesa europeizante de tapa del Bacardí-Cola que pido, para compensar la vulgaridad. Por cierto, la Pepsi del combinado es de litro, como en los cumples.
Paseamos por los muchos saloncitos limpios como ellos solos y ordenados en ambientes que podrían llamarse Arabesque, Kubrick e Ikea sin que causara la más mínima sorpresa. Por un momento dudo si estoy en alguna expo y venta de muebles en la carretera de Toledo. Y es genial: todos usan ceniceros, no hay ni una colilla en el suelo. Los chicos llevan gafas de sol (para que se les vea), las chicas visten interpretaciones creativas -más o menos- de la ropa de fiesta de los setenta y maquillajes que harían recuperar el sentido del color a un daltónico. Como es de noche, hay que maquillarse más, como en la tele, para que se vea, me dice Aña.
En toda la noche sólo veo una pareja que se da un beso. Ni un roce violento ni una mala cara tampoco. Ni una borrachera. Todos educadísimos, sensatísimos
y hasta sonrientes. Un cruce entre guateque y fiesta de peli de James Bond. Me doy cuenta de lo lamentable que es -por comparación- nuestra borrachuza y escandalosa pijería. Me entra una cierta confianza en la futura burguesía de este país.
Volvemos con la amanecida. La luna aún cuelga tras las torres de oficinas. Negociamos taxi, estamos muy cerca de casa, pero los tacones finalmente se cobran su precio en Aña.
El tiempo se acaba y un mordisco me agarra la boca del estómago.
Pasta uki de queso fresco para brunchs dominicales: Pelamos un arenque ahumado y lo limpiamos cuidadosamente. Lo picamos. Picamos también un cuarto de cebolla. Mezclamos con un queso fresco tipo afuegaelpitu (nada tipo burgos) añadiendo un chorreon de nata o mantequilla para que no se haga demasiado duro. Servimos con una capita de pimienta por encima.
(Continuación) Tras el café subimos a la parte alta de la ciudad, a los grandes templos del catolicismo ortodoxo, buscando no sólo observar, sino escuchar y participar de una auténtica Misa bizantina. Una de las tareas pendientes que quería compartir con Nat.
Primera parada: Santa Sofía. Claro que no estábamos muy al día del horario de misas: desde 1932 la antigua catedral es un museo nacional. Indescriptible la cara de militante del PCUS que aún anda digiriendo la glasnost que le dedicó a Aña la conservadora a la que preguntó.
Las catedrales ortodoxas de los países eslavos se ierguen en el medio de recintos amurallados. El campanario hace de torreta en la muralla. Y en interior las cúpulas doradas parecen coronas de gigantescas setas crecidas repentinamente en el tan bien protegido jardín. Un jardín al margen del tiempo.
En uno de los bancos un cosaco de palo está dale que te pego con el bandur. Juraría que es el mismo que sale en la Wikipedia. Estar a la intemperie le ha dado ese aspecto rojizo-moreno que se supone a los cosacos históricos. Alrededor, ucranianos. Los ukis que escuchan el bandur en Santa Sofía no puede dejar de recordarme a España. Vienen aquí buscando ese país que sienten que les quitaron, el que hubiera podido ser de haber alcanzado la independencia setenta años antes, de haber ganado la doble guerra contra alemanes y rusos, de haberse acabado el comunismo tras la segunda guerra mundial, de haber llegado los aliados antes que los rusos, de
Todos esos des caben en la melancolía de la música cosaca. Identidad de víctima. Veneno puro. Una enfermedad que vive residente en esa forma tan mediterránea de entender la política como una continua, obsesiva, reivindicación de pasados alternativos. Me viene a la cabeza el infame Eduardo Galeano. ¿Cuantos de mi generación y un par de anteriores no murieron tratando de restaurar aquel pasado alternativo que él había inventado? ¿A cuantos convertiría en lemmings corriendo hacia una muerte segura? ¿Cuanto no le queda por sufrir, pongamos a Bolivia, a cuenta de una identidad así? Sí, algo de todo esto suena entre las notas metálicas del bandur. No es el trapicheo, ni la omnipresencia de carteristas, ni el machismo a veces brutal, lo que me niego a ver en esta Ucrania revolucionaria. El futuro se los comerá con el paso firme, sobre agujas de charol, de millones de Timoshenkos liberadas. Es esa melancolía, ese caldo de Evos Morales y José Marías Aznar, de Wolfowitzs y Chavezes, lo que me aterroriza.
Ulises huyendo del canto de las sirenas, salimos a paso firme de Santa Sofía. Línea recta hasta San Mijail. 300 metros y ramitas de arbusto de flor blanca, algodonosa y peluda que sustituye aquí a las palmas. Por la diferencia de calendarios religiosos es ahora Domingo de ramos. San Mijail es un santuario nacional, a las puertas de sus muros la memoria de los muertos en la hambruna de la colectivización (dos millones). Centro de la Iglesia Ortodoxa Ucraniana. A Aña, ortodoxa griega ucraniana (es de Galitzia), no le importa que oigamos misa aquí. Son en ucraniano antiguo y mantienen toda la magia, verdadera magia del cristianismo bizantino.
Es desde aquí, desde el orden, los olores, las voces increibles, la Iglesia sin bancos donde todos se mueven haciendo redes de miradas cruzadas entre reverencias al Pope y sonrisas entrevistas; aquí, donde los fieles entran y salen de la Misa para poner velas a los iconos santiguandose tres veces cada vez que toca santiguarse; aquí, en el no tiempo que la música de los popes, llevados por un sacerdote tenor de los que no quedan en la ópera, resguarda del mundo; aquí, donde nosotros, latinos al fin post-vaticano-segundo, críados en el horror al pop cristiano de cura garfunkeliano y niñas de pendiente de perla con guitarrita, podemos entender por fin cómo el cristianismo pudo comerse el mundo políidentitario de los viejos dioses, ganándoles con magia, esto es, con imágenes y sabiduría, multiplicando a Jano en los santos y sus imágenes, incorporando nuevos sentidos al ritual. La experiencia es potente. Salimos de la Catedral con la música adherida a los huesos. El eco aún en la caja pectoral. Aña strictu sensu comulgada, esto es, religada a su comunidad a través del rito, Nat impresionada, yo conmovido.
Pocas palabras de vuelta a la Plaza de la Independencia. Una luna inmensa saluda a Kiev.
Cada vez que me arrastro en su camino sale mi luna;
los inviernos se transforman entonces en primaveras
y todos mis días parecen ser fiestas
(Yunus Emre)
Cuando llegamos nos encontramos de frente con Okean Elzi. Miles de melenas rubias blanquísimas siguen a botes el ritmo entrando en calor. Los chicos se pasan cervezas y a pesar del look general de malevaje que se gastan, entran con tamaña inocencia a las poderosas afroditas de tacón alto que no pueden dejar de producirme ternura.
Me siento limpio y eufórico. Salto como el que más. Memorizo los estribillos. Okean Elzi es uno de los grupos que unió su nombre a la Revolución Naranja. Dieron conciertos en las concentraciones de protesta por todo el país cuando parecía un suicidio. La gente vive en el ritmo aquel espíritu.
En el Este, desde el 89 al menos, el rock es la música de la revolución, salto y angustia en la calle. El clubing, el tecno, lo guay y encerrado es música para acompañar un repliegue a los interiores. El narcisismo como consuelo. Tiempos de rock, tiempos de cambio, tiempos de revolución y discusión abierta. Rock&Redes de jerseys viejos y abrigos con agujeros. Sonrisas cruzadas entre los botes. Saltos apoyados en hombros ajenos.

En Jraschatek compramos tomates, ahumados, panes y cerveza. Volvemos a casa para cenar y ponernos guapos. Volveremos a salir. ¿Quién abandonaría su luna por unas horas de sueño?
(Continúa leyendo el relato de este viaje)
Sábado, 23 de Abril de 2005
Esto de viajar consume mucho. ¿De dónde nos habrá salido tremenda hambre? Nos vamos directamente de casa al Putzata Jata, un restaurante self-service de auténtica -y sabrosísima- comida ucraniana.
El Putzata Jata está de moda porque es moderno y tradicional al mismo tiempo y los ucranianos están empezando a darse cuenta de que la globalización está muy bien cuando uno, pasado el sarampión y la fiesta del primer encuentro con la diversidad empaquetada de las multinacionales, elige y vuelve a valorar aquello de lo que partía sin renunciar a nada, haciendo una cesta donde todo cabe en distintas medidas.
Y es curioso, todo, todo, pero todo cuanto se hace aquí tiene un sabor característico, desde la omnipresente pizza a la Pepsi, un saborcillo de fondo que sólo se presenta en primera persona cuando, por abrir el estómago y templar el ánimo, te tomas un auténtico borsch y una cerveza de los Cárpatos. Algo irrenunciable y definitivamente uki. Como esta pasta con nata agria que comemos maravillados. Maravillados porque cuando uno mira el mapa y y sabe que Crimea era la última base europea (veneciana y genovesa alternativamente) hacia Asia, se da cuenta de que la pasta llegó aquí primero
¡¡y aquí entendieron la receta mejor!! No sólo eso, sino que años después le añadieron patata, creando ese mix de gnochi con ravioli, relleno a elegir de carne, pollo o queso, que reposa sus últimos segundos en la foto junto a Nat y Aña.
Tras la comida, en la que nos ha faltado hueco para carnes y dulces (ya volveremos a por ellos), paseito de nuevo por Jraschatek. Los fines de semana cortan la avenida -8 carriles y un bulevar- hasta más allá de la Plaza de la Independencia. Como ha dejado de nevar, la gente ocupa, vestiditos de domingo, el paseo. Algunos lo hacen en una especie de triciclo-taxi que va tan rápido que no me ha dado tiempo a cazar en foto.
El paisaje humano es fascinante: soldados en uniforme de combate discuten con activistas ecologistas sobre el aniversario de Chernobil. Las mujeres duplican la capa de maquillaje y alzan -y parecía imposible- los tacones de aguja para remarcar que ha empezado el fin de semana. Parejas de jóvenes tártaros, provenientes seguramente de Crimea, pasean de la mano. Un tipo vestido de kosaj (cosaco), toca un bandur, primo lejano de la bandurria y la zamboñas castellanas, entonando una canción triste mientras grupos heavies, cantautores y roqueros, despliegan sus trastos a lo largo de la avenida. La atracción sin embargo la ganan unos peruanos que a los locales les parecen exotiquísimos y que se aprestan a perpetrar una versión andino-ascensor del irremediable Condor que nunca acaba de pasar. Al fondo, en la plaza de la Independencia, operarios del ayuntamiento preparan el concierto gratuito de esta noche. Los grupos que participarán no son públicos, pero se rumorea que tocará Okean Elzi. Vendremos.
Tomamos café en el Pasash, el Pasaje, un cafe pijo que quiere recuperar el aire vienés, centroeuropeo, elvosense, de la cultura del café local. Antes, en una farmacia/supermercado con toques de dispensario soviético y carritos Jané, compro pasta de dientes.
En la mesa, con Aña y Nat, junto al café, que traen con un chupito de agua y una minipastita con forma de corazón, saco mi Moleskine y apunto una idea para un cuento. Kiev, aún gris el cielo, empieza a parecerse a casa.
Borsch (sopa de remolacha). Según Aña, hay tantas recetas de borsch como madres ucranianas. Básicamente se trata de una sopa agridulce de remolacha que en algunos casos incorpora judías rojas, caldo de carne, de pescado, de ganso o en general, de lo que haya en el mercado. La receta básica sería algo así:
Se cuece la remolacha en agua abundante, añadiendo un chorrito zumo de limón para mantener el color y darle un saborcillo ácido.
En otra olla cocemos una cebolla, un par de zanahorias y un puñadito de perejil picado durante un cuarto de hora. Un cuarto de hora después añadimos tres tomates picados muy finitos. Cinco minutos después, un par de patatas pequeñas peladas, a los 10 minutos las hojas de la misma remolacha o en su defecto berza junto con una cebollita cortada en juliana. Otros cinco minutos después añadimos la remolacha y muy poquito antes de retirar del fuego un diente de ajo bien picado.
Lo ideal es dejarlo reposar incluso un par de días, pero cuando menos hay que dejarlo media horita y calentarlo luego a fuego muy muy bajo.
Antes de servir se espolvoréa con perejil o eneldo picado y se le echa una bolita de nata agria (que en realidad no es agria, sino esa nata que tampoco es dulce y que tiene cuerpo de yogurt griego).
Viernes, 22 de Abril de 2005
Una densa capa de nubes cubre Europa. Más allá de Colonia el suelo se vuelve inexcrutable, inimaginable bajo fantásticas orografías de vapor. Bienvenido al mundo según Friedrich.
El avión desciende rápidamente. ¿Qué ves?, pregunta mi compañero de asiento en un ruso perfecto haciendo ademán de asomarse a la ventanilla. Niechevo, le digo, todo está blanco, tan blanco que no se pueden distinguir el suelo de las nubes. Sí, me responde, meditativo como un personaje de Turgeniev que volviera tras años en busca de su primer amor, este año la primavera se ha retrasado.
En el aeropuerto, esperando la cola de inmigración, fascinado ante las policías de aduanas -ceñidos los uniformes a la cintura, falda corta, maquillaje excesivo, taconazo de aguja imperativo- hablo un rato con Raul. Vino hace veinte años. Es cubano. Se casó con una ucraniana y en el trapicheo constante que es la supervivencia a este lado del Imperio acabó fundando una fábrica de velas artesanas en Dnopetrovsk. Estamos esperando que entre alguien, da igual, alemanes, americanos
pero que entre alguien.
Recuerdos de Africa en el hall del aeropuerto. Intermediarios de los taxistas a la caza del guiri. Regateo inevitable. Empezamos por 400 hrivnias. Aquí regatean mal, tienen una pulsión centroeuropea: la prisa. No entienden que retirarse no es romper la negociación, sino parte de la danza, del ritual. La prisa es compartida por la mayoría de los viajeros. Esto es una bolsa personalizada de taxis y hrivnias. Natalia está un poco asustada del ambiente. Observo los precios de equilibrio: 300 para los alemanes, 120 para los ucranianos de provincias. Los kievenses consiguen 90. Negocio con otro, más joven. Se desconcierta. Le recuerdo que el tiempo perdido conmigo son viajeros de menos que negocia y la posibilidad de meternos en un taxi informal. Trato hecho: 65 hrivnias, 11 euros por 40 kilómetros en un viejo cacharro que no ha visto una ITV en su vida. Ni la verá.
A media tarde llegamos a nuestro apartamente en Shelkavichnaya Bulitza. Sigue nevando. Tomamos un té mientras desoxido mi ruso con Olga, nuestra vecina a la que encontramos paseando el perro.
Obligatorio paseo luego por Jreschatek nevado. Cuesta acostumbrarse a las proporciones. La vida en estos días se hace subterránea en Kiev. Bajo la plaza de la Independencia se agolpan, junto a las tiendas, entre el humo y las cervezas, los jóvenes. Ambiente Blade Runner con pizza. Observo que la Kangool gana ya a la vieja gorra local tantas veces vista en las pelis de Einsestein. Vuelta a la nieve y cerveza casera en Shato, que parece estar de moda.
A la noche baño y tele. La geopolítica del gas ocupa las noticias. La portada de internacional la da Iushenko en la cumbre del GUAM (Georgia, Ucrania, Armenia y Moldavia), las interiores España y su ley de adopciones.
A Iushenko se le ve agotado. Como a Timoshenko, portada en el Elle que compramos en Globus. ¡Primera! asegura el titular. Y tanto, en un país terriblemente machista y precisamente por eso mantenido por las mujeres -siempre estresadas, siempre corriendo, siempre hiperarregladas- Timoshenko representa algo más que el poder femenino, representa la vindicación de un profundo cambio social. En los años de la desindustrialización, de la miseria y el paro masivos, los hombres cayeron masivamente en el alcoholismo. Depresiones y suicidios triplicaron su tasa y con ella el ya de por si saturado y mal equipado sistema sanitario. Las mujeres trabajadoras mantuvieron el país y la cohesión social en pié a base de matarse a trabajar y, como dicen ellas, conseguir. Aunque fuera a base de mijo los niños de entonces -jóvenes revolucionarios hoy- comieron. Da angustia verlas corriendo con sus taconazos, la carperta en una mano, la bolsa de compra en otra y el maquillaje entre las dos. Siempre negociando, regañando, protestando
Timoshenko es ese espíritu. Ha puesto semana laboral de 7 días a ministros y diputados. Los minitros trabajan de 7 de la mañana a 2 de la mañana del día siguiente (y les obliga a patinar dos horas al día en Presidencia, para relajarse y pensar). La Rada, el parlamento, tiene sesiones hasta en domingo, un canal de televisión que retransmite los debates (que duran muchas veces hasta casi las once) y altavoces por las calles principales que lo retrasmiten, mientras la gente se acerca al Congreso para apoyar a unos u otros y discutir con los que pasan los temas del día. La revolución sigue indiscutiblemente viva. Nunca vi un telediario con tantas caras, con tantos portavoces ni tantos movimientos ciudadanos. Desde Odessa -donde el alcalde enfrenta una revolución naranja local- hasta Lviv, desde los estudiantes hasta los médicos o los obreros de la construcción, la revolución avanza saneándolo todo, dando voz a todos, abriendose paso entre la costra de mafias y torticeros intereses económicos.
Por la mañana bajo a la tienda, un antiguo despacho soviético de viejas mamparas de marmol en el que los productos alemanes o alemanizados han sustituido a las escasas marcas de los viejos tiempos. Los precios son demasiado parecidos a los españoles para un país donde un médico no alcanza los 200 euros de salario mensual. Las antiguas proveedoras, a las que la tienda debía lo poco que tenía en aquellos años para ofrecer, compraron la tienda en su día. Son del Oeste y no hablan casi ruso, me responden en un ucraniano para duros de oido. Me cuentan que en realidad cada una compró uno de los mostradores, así que en realidad son tres tiendas, una de embutidos, otra de lácteos y otra ultramarinos. A la segunda le compro el zumo y la leche. A la tercera el Nescafé, que está, por europeo, de moda, a pesar de que aquí, lo suyo es el café expresso, como en España.
A las diez aparece Aña. Ha tardado 11 horas en tren desde Lviv, que está a 450 kilómetros. Viene casi sin dormir porque en el compartimento de al lado una campesina llevaba a su gallo favorito consigo. Y se ve que al animalito le estresaba el viaje y no se aclaraba con el horario, así que no paró de cantar. Trae comida y una Bafelniy Tortye que ha hecho ella misma. Hora del desayuno.
Tarta de Obleas (Bafelniy Tortye): Compramos una docena de obleas grandes con mucho relieve. En un cazo calentamos leche y la saturamos de azucar como si fueramos a hacer dulce de leche. Añadimos en la cocción avellanas picadas en trocitos muy pequeños y una cucharada de mantequilla. A fuego muy lento dejamos reducir y finalmente enfriar. Cuando, ya tibio, coge cuerpo un poco más compacto, vamos untado generósamente las obleas y haciendo pisos oblea tras oblea. Finalmente dejamos enfriar y servimos espolvoreando con azucar glacè.
Jueves, 14 de Abril de 2005
En noviembre de 1851 se abrió al público la primera línea de telégrafo entre el Reino Unido y Francia. El primer mensaje directo entre Londres y París llegaba pocos meses más tarde. En 1858 el primer cable transatlántico unía EEUU a la red europea. Eran los comienzos de la Internet Victoriana, como le bautizó Tom Standage.
Aunque Standage se manifiesta irónico en su libro sobre el efecto final del telégrafo sobre las relaciones diplomáticas, en la medida en que modificó los asuntos militares de forma por cierto parecida a la que el GPS e internet ahora, no deja de ser interesante que los tres primeros protagonistas de aquella red hayan formado bloque hasta ahora. Y es que el telégrafo no sólo unió las bolsas, sino que realmente unió y mestizó los intereses económicos de los tres países, dando impulso a la primera globalización con más potencia que la rivalidad impulsada por las fuerzas centrífugas de la competencia entre los tres países. El nacimiento de las agencias de noticias (Associated Press y Reuters), hijas directas del telégrafo, contribuyó además a casar el orden del día del debate público entre las tres potencias al modo en que los canales árabes de satélite están ahora haciendo entre Europa y sus vecinos. De hecho, entender por qué y cómo Alemania y Rusia quedaron fuera en aquellos momentos originales de la primera revolución de las redes descentralizadas da las claves de buena parte del siglo XX, del mismo modo que entender la diferencia entre redes descentralizadas y distribuidas nos permite comprender lo verdaderamente revolucionario de nuestra época.
Nuevos medios, nuevos sujetos, nuevos valores
Y es que de hecho el telégrafo también fue la clave del ascenso de nuevos sujetos con nuevos valores. Fue la clave que permitió soñar con acciones sindicales coordinadas entre Francia e Inglaterra (motivo de la convocatoria de la Primera Internacional) primero y luego con grandes organizaciones que coordinaran movimientos sociales a nivel nacional, elevando los intereses de los trabajadores a la agenda política y los Parlamentos. Podemos decir que la SocialDemocracia y su modelo, el SPD, son los hijos de aquella visión descentralizada (que no distribuida) del mundo, desde su organización territorial hasta su concepción del estado. El caso del socialismo francés, es anecdóticamente llamativo pues su historia va ligada, por encima de París, a una ciudad, Clermont Ferrand, cuya centralidad reside en la estructura ferroviaria y telegráfica francesa.
Aunque Standage deja fuera de su libro estas consecuencias políticas, si que se centra en la aparición de los nuevos medios de comunicación y hace un relato apasionante de como apareció por primera vez una opinión pública sobre la actualidad internacional, generando una nueva esfera política sobre lo que hasta entonces había sido competencia casi exclusiva de las cancillerías. Más aún que la comparación del desastre de los neocons que trajo el telégrafo con los que trajeron las redes, la comparación entre la información descentralizada del sistema agencias/periódicos y la distribuida que supone la blogsfera da la clave de que supone realmente la Revolución de las Redes en el paso del poder descentralizado al poder distribuido, tanto para las libertades como para sus enemigos.
Conclusiones
Es común escuchar a personas renuentes a nuestro discurso, argumentos del tipo la sociedad siempre estuvo organizada en redes, que podamos comunicarnos más rápido no cambia nada.
En realidad cambia mucho, no sólo por la velocidad (cambio que en realidad protagonizó en telégrafo) ni por la disponibilidad de acceso a la comunicación uno a uno (que ya la dió el teléfono) sino sobre todo por la posibilidad de acceso a la emisión y a la retransmisión de los mensajes en las redes sociales de forma más rápida de lo que se mueven en las redes del poder. Algo que ha sido clave en las revoluciones de colores, pero también pudimos intuir el 13M. Es decir, los cambios en la tecnología impulsan cambios en la topología de la red de comunicaciones que determinan cambios en la organización social; redistribuyendo el poder y dando entidad política a nuevos sujetos, valores y causas.
Queda ahora, tal vez, aprender de las consecuencias políticas de la primera globalización y la primera revolución de las comunicaciones, la experiencia de las Internacionales y los partidos de masas, para, en sus nuevas formas, contenido y espíritu, no perder el Norte1.
Nota 1:
como hay quien lo pierde todavía oponiéndose a las redes municipales públicas de telecomunicaciones, sacrificando la mayor, el cambio en la topología del poder de la descentralización hacia la distribución, por miedo a la eventual concentración de poder en el estado que la titularidad de las redes pudiera suponer.
Nota sobre las ilustraciónes: En la primera ilustración el H.M.S. Agamemnon encuentra una ballena durante el tendido del primer cable telegráfico transatlántico (1858). La segunda reproduce del famoso dibujo del memorandum de 1964 en el que Paul Baran, arquitecto de la Internet original, muestra las diferencias entre las tres topologías principales de redes: centralizadas (izq), descentralizadas (centro) y distribuidas (derecha). La representación también nos sirve como metáfora histórica: Las redes de organización social y poder tenderían también a pasar desde la primera hacia la segunda (telégrafo) y finalmente a la última (Internet).
Lunes, 11 de Abril de 2005

No es ningún secreto mi pasión por la buena cocina, tanto la mediterránea como la asiática. Eso sí, ambas tienen que ser de verdad y eso, cuando uno sale a comer fuera no es tan fácil, sobre todo si no está dispuesto a gastarse el equivalente a un mes de alquiler antes de decir Buenos Días.
Pues bien, hoy me toca daros la pista de uno de mis mayores secretos: el restaurante Alegría, en la calle San Leonardo, al lado de Plaza de España. Un sitio donde acaban de traducir la carta al español por primera vez (estaba en chino), donde todavía cocinan delante tuya (la otra noche vi como preparaban estas riquísimas empanaditas al vapor que me comí al día siguiente) y donde -único fallo- las amabilísimas señoras que atienden el local a duras penas entienden español.
Lo mejor: auténtica cocina casera tradicional china, una carta cantonesa inmensa donde no falta de nada, mano de madre al fogón y magia con las empanaditas a la plancha y al vapor.
Consejo: Mirar lo que comen los habituales alrededor y señalar con el dedo. Los nombres no son muy significativos a veces, por ejemplo, la foto de arriba (Flores de sepia en salsa de puerros) aparece en su traducción española como Albóndigas de Sepia y la Sopa de pescado con wan-tung de merluza y fideos de la foto no confiesa ser sopa -lo que es la base de la cultura gastronómica china- sino Fideos con pescado
pero en fin, las sorpresas son siempre, aquí, agradables, así que tampoco pasa nada. Por cierto, si queréis ver la diferencia con cosas que os serán familiares pedid un rollito de primavera o un modesto wan-tung frito (a la plancha) y veréis como a partir de ahora nada será igual cuando penséis en comida china.
Agradecimientos: a Rosa por esas fotos que abren el apetito.
Anécdotas: El otro día comimos juntos por primera vez con Rosa en el Alegría y como para demostrar hasta que punto cruzar la puerta equivale a traspasar una frontera cultural, cuando pidió -para brindar- una cerveza con limón, le trajeron
una cerveza y
un limón
Precios: Casi, casi tan auténticamente chinos como todo lo demás. A razón de unos seis euros por persona bebidas y cafés incluídos.
Valoración: Alegría es una auténtica joya. Vale, es feo, la luz es de oficina de los cuarenta, la decoración -por lo demás muy similar a los restaurantes populares en china- horrorosa, la banda sonora aceptable (karaokes con la música de moda en China)
pero la comida, la comida
es maravillosa. El mejor restaurante chino de Madrid. Y sí, he ido al del Villamagna.
Tout ce qui n'est point nouveau dans un temps d'innovation est pernicieux ~ Saint Just
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