Un cuento sobre la vida, las especias y la astenia primaveral, con fondo de canela y emociones naturales.
Cuando Ana ocupó su plaza en el avión de vuelta a casa, un regusto de canela se abrió paso desde el fondo de su paladar. Así, lenta y sutilmente había entrado él en su vida, como un peligro amable que hubiera estado ahí desde el principio de los tiempos, esperándole sin prisa. Nada subversivo. Y menos para ella. Años de país en país le habían vacunado contra los vaivenes emocionales de cualquier posible cambio de entorno. Así fueran las moquetas de los congresos londinenses o los fanguizales de los Cárpatos, la misma capa impermeable que le había bastado desde la infancia para mantenerse entera en medio de las batallas domésticas de sus padres, bastaba ahora para hacer de burbuja protectora.
No es que viviera cualquier contexto como una prolongación de ese ambiente aséptico de aeropuerto que todos decían odiar pero que les estiraba y excitaba dentro de los trajes como jamás podrían hacerlo los destinos por los que pasaban ni los orígenes de los que huían y en cuyo nombre hablaban. Para Ana la vida era básicamente un conjunto de cosas por hacer, un programa de objetivos y una agenda de citas sin espacios para la pereza compartida, la angustia gozosa o el escalofrío. Su propio cuerpo se le hacía una herramienta inconmovible siempre supeditada, con naturalidad terrible, a la voluntad consciente. Sin espacio para el cambio caprichoso, inmune a los reflujos del mar y las estaciones, miraba asombrada y dudosa a sus propias amigas en aquellos días en que pasaban azarosa y rápidamente del llanto a la euforia, del deseo desatado al rechazo de todo tacto ajeno.
Ahora, recordando el tiempo rasgado que quedaba en tierra, casi podía sentir la acidez de las ciruelas pugnando con la miel y el picante, las luces amarillas de la cocina sobre el fogón y el tacto áspero de la cuchara de palo secándole la lengua como el abrazo de una mano basta y tierna al tiempo. Eran aquellas caídas de sol con reflejos marrones en un Madrid imposible, el replegarse como en cuna para dormir. Y las fresas en la mañana. Abandonada al placer insaciable de ser mimada.
Y las aceitunas, estallando contra la carne, el tacto duro del músculo que desea rendirse con un beso casi infantil; frescor y pimienta. En un segundo, el surco de las lágrimas, la excitación y el deseo fuera de lugar. Rubor y mirada perdida en la ventanilla. Paisajes tristes y amarillos apunto de estallar en primaveras. Y el dolor.
Aún tuvo que subir un súbito calor y una angustia raptarle el pecho para llegar a comprenderlo. Tenía ahora un cuerpo nuevo. Un ser reconfigurado con voluntad propia y sin agenda que se imponía por vez primera. Y en un momento se dió cuenta de los peligros que se esconden entre las especias, las pasas y los vinos aquellos días en que la primavera amenaza nuevas luces y los sabores se agazapan como promesas.











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