Siguiendo con las “Memorias de un Ciberpunk en el siglo XX” publicamos ahora el último capítulo: Kosovo.
Abril de 1999: Emine Saliu, ama de casa, 22 años, fue testigo de cómo sus amigas eran violadas y asesinadas de un tiro en la nuca. Fikrije Jashanica, estudiante, 19 años, vio cómo quemaban vivo a su abuelo tras comprobar que era inválido y no podía caminar…Uno a uno, fui desgranando frente a los periodistas los terribles relatos que había picado, traducido y firmado la noche anterior. Sentado junto a David Balsa, por primera vez teníamos la atención de los medios. Las tropas de la OTAN bombardeaban desde hacía días las posiciones servias.
Para mi sería el último acto, o mejor la última frase en el primer acto de una obra a la que resta mucho por terminar. Me recuerdo con Ana y los amigos de la KEA primero, con David después (¿qué habrá sido de nuestra hermosa traductora albanesa?) intentando llamar la atención, saboteando las páginas del Ministerio de Información servio, mandando las fotografías de las primeras matanzas, recogiendo una por una las denuncias de las desapariciones de mis corresponsales en Prishtina…
…Pobres chavales que mantenían una Universidad clandestina, tan lejos, tan lejos…
Hoy todas aquellas muertes, todos aquellos horrores, desprovistos ya de nombre, de rostro, de complicidades, no valen nada. No existen. Para nadie.
Nadie quería oirnos entonces. Se olía día a día el genocidio por venir. Paso a paso, el estado Yugoslavo había ido siguiendo el camino del capitaneado por Hitler sesenta años antes: reforma legal, segregación, desarrollo de fuerzas paramilitares incontroladas financiadas por el estado mafioso…
Hicieron los genocidas sus pinitos. Lo denunciamos en medio del vacío más absoluto. ¿A quién interesaban aquellos moros?
Callad, nos decían, ¿a quién le interesa una nueva guerra yugoslava?. Obviamente a nadie, los perros de Milosevic y Arkan se preparaban para asesinar a un millón de personas. No había guerra posible. Sólo matanza.
Nunca olvidaré el desprecio de los periodistas de aquí. Aquellos cerdos daban cobertura a las hordas de Milosevic. Los franceses militar y diplomática, los periodistas ideológica. Preparaban juntos un nuevo Munich en Rambuillet. Paz a cualquier precio. Algunos lo cacarearon hasta el final: aquel canalla de Anguita… clamando por negociar, condenando la acción americana. ¿Negociar?. ¿Habría negociado con Hitler mientras las cámaras de gas seguían a pleno rendimiento?. Sí, seguramente si. Era su función en el trabajo. Tampoco olvidaré a los nacionalbolcheviques, a los pacifistas… Con Kosovo aprendí a odiar, descubrí la naturaleza rojiparda de ese falso pacifismo mientras cada día me llegaban las noticias de mis amigos desaparecidos, torturados, secuestrados, ultrajados, humillados, deportados…
Y por supuesto apoyé a Clinton. Por supuesto. Porque paradójicamente sólo aquellos aviones americanos, sólo aquellos soldados y aquellos diplomáticos nos defendían de la complicidad en el nuevo genocicidio que tras el desastre Bosnio amenazaba con limpiar Europa de comunidades islámicas nativas.
No, no lo hice por humanitarismo, ni siquiera por decencia. Lo hice porque ya había visto a los chicos que años después serían “de Bin Laden”. Porque todos sabíamos que en Bosnia estaban, y en Chechenia, y que no eran mejores ni acumulaban menos odio que Milosevic… tenían al fin los mismos aliados, el gran patrón del Eliseo. ¡¡Era tan claro sobre el terreno!!. Los israelíes se dieron también cuenta, por eso armaron a los musulmanes bosnios que defendían en solitario un Sarajevo multiétnico: la única manera de defendernos contra la Yihad era derrotar al fascismo rojipardo de Milosevic, defender a “nuestros musulmanes”.
El ejército americano evitó el genocidio. La guerra la perdimos aquí. Hasta el último día los españoles mayoritariamente se mostraron en las encuestas contrarios a la intervención militar. Partidarios por tanto de hacer diplomacia mientras la masacre continuaba.
¿Quién puede olvidarlo?






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