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Miércoles, 27 de Diciembre de 2000

Una declaración ideológica para el siglo XXI

En esta última semana del siglo XX, después de haber visto unas cuantas cosas, cuando tengo ya 30 años y unas cuantas convicciones, es tiempo de dejar ya claro y por escrito cómo me sitúo ideológicamente respecto a los viejos ejes y corrientes políticas del siglo.

Yo vi con mis propios ojos caer el muro de Berlín. Vi llorar en la televisión a los oscuros tiranos del Este. Vi brotar, crecer y hacerse fuertes a las identidades del miedo. Vi la inutilidad de una política de horda en la que tendencias y facciones, partidos y discursos a penas ocultaban un primitivo movimiento de grupo para apropiarse y turnarse en el control de la máquina estatal. Vi a los políticos hablar del estado como si de un régimen de aparcería se tratase, valorando funciones con rentas y subastandolas después entre sus vasallos.

Y he tenido la suerte de conocer gente honrada y entregada en política, y trabajar con ellos y para ellos, gentes de todo el espectro ideológico posible, gente tenaz… creyentes en un Dios, lo político, que parece hacerse más descarnado y brutal al acabar el siglo.

Y los accionistas de mi empresa, los amigos, los que leen mi vida, me escriben y me preguntan todo serios si soy socialista, socialdemócrata, social-liberal, o qué…

Y creo que en esta última semana del siglo XX, después de haber visto unas cuantas cosas, cuando tengo ya 30 años y unas cuantas convicciones, es tiempo de dejarlo ya claro y por escrito.

Si nuestro amigo Gulp tomara el periódico un día cualquiera de este mes de diciembre podría resumir el enfrentamiento ideológico en tres contendientes:

  • Los estatalistas, aquellos que piensan que la esencia de lo común, de lo público es regular, es decir prohibir e imponer restricciones externas a las personas. Piensan -y lo creen- que la libertad es el cumplimiento de la norma. Para ellos el progreso es bueno en tanto sea previsible. Admiten la política de horda “dentro de un límite”, porque para ellos no es la civilidad ni la libertad lo que hay que garantizar, sino el Estado, pomposo, frío y burocrático, de modos y procesos mandarinescos, que no meritocráticos. Apoyan y conviven por tanto con la oligarquización de todo entorno público. Son los que en la red se creen que sirven a la extensión de Internet creando una ley de firma electrónica pero no crean ni condiciones reales de competencia entre operadoras ni hacen viable el acceso y renuncian a toda inversión pública o privada. ¿Para qué? si tenemos una ley de firma digital que nos pone “a la cabeza de Europa”… en estupidez.
  • Los neoliberales. En realidad lo más alejado del liberalismo clásico que podamos imaginar. Igual vocabulario, opuestos objetivos y valores. Del liberalismo clásico no diré nada, al viejo JS Mill me remito. De los “nuevos” creo que basta con ver como es apoyado por los grandes keiretsus empresariales para saber lo que vale y representa: el liberalismo del monopolista, que quiere libertad para fijar precios y condiciones sólo cuando las barreras de entrada son suficientes como para asegurar que no habrá competencia. El progreso que vale para ellos es jústamente el de las barreras de entrada. Como hemos criticado en las últimas editoriales son los que en la red apuestan por la muerte del www, por la “audiovisualización” de la red y por su conversión en un medio dividido entre emisores y receptores.
  • Los etnicistas y esencialistas de todo tipo. Para ellos las personas pertenecen a una cultura, una fe o unos modos de socialización (etnia) y no al revés. En esta inversión gregaria está la esencia de todo crimen. Cuando el peso de los muertos (la clase obrera histórica, la nación, el pueblo oprimido) es mayor que el de los vivos estos acaban viviendo para servir a la materialización de la esencia histórica: el partido, el estado, la “organización”… Para los esencialistas el progreso es como para los neoliberales, bueno sólo si sirve para levantar barreras y salvar oligarquías. Entienden la comunicación como propaganda y sueñan un mundo con una sóla voz oída, la de su fantasma particular.

Las tres ideologías dominantes son pues contrarias a la esencia de

  • lo que hago: mi trabajo y mi vida se dan en red, abriendo y no levantando barreras,
  • lo que soy: un marrano, un mestizo, un plebeyo
  • y lo que creo: soy un decidido meritócrata, individualista, pequeñoburgués y orgulloso de su independencia personal.
Guardado por David de Ugarte en su moleskine a las 1:17 pm | (0)

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