El bicentenario de la guerra peninsular -rebautizada luego Guerra de Independencia- y que no es más que el capítulo ibérico de las guerras napoleónicas, tiene un indudable olorcillo nacionalista. Este año nos vamos a hartar de exposiciones como La nación en armas. Pero ¿realmente hay algo que celebrar? Seguramente sí. Y también mucho sobre lo que reflexionar.
El discurso sobre los hechos de 1808 está lleno de aparentes paradojas. En España se le conoce como guerra de independencia, cuando más bien fue el banderín de salida de las guerras de independencia americanas. Se rememora el levantamiento popular del dos de mayo de 1808 en Madrid, pero no la salida de las tropas francesas de la ciudad, en 1814, ante la acometida del ejército inglés… El problema y la virtud de 1808 es que lo que celebramos es el nacimiento de la idea de nación tanto en España como en Portugal y su eco, político casi inmediato en toda Iberoamérica.
Es seguramente tiempo de releer críticamente Mater Dolorosa, de Alvarez Junco, la mejor historia del nacionalismo español escrita hasta la fecha para poner las cosas en contexto. El nombre de Guerra de Independencia es varias décadas posterior a la salida del ejército napoleónico y se inscribe en el proyecto liberal-nacionalizador de las élites avanzadas de la época. Son estas mismas élites las que se definen en 1808 y las que empiezan a hablar de nación y vindicar la soberanía nacional, es decir, a enfrentar directamente el sistema imperial, monárquico, clerical y castizo.
Porque, no nos olvidemos, la soberanía antes de la entrada de José I hacía a las dinastías y a la voluntad divina. Antes del 2 de mayo, tampoco olvidemos, no existe el pueblo, sino la identidad basada en clases que son en realidad restos del sistema medieval de castas: cristianos nuevos -imposibilitados durante siglos para servir al estado, recibir rentas o incluso viajar a las Indias- versus cristianos viejos.
No nos olvidemos, la Monarquía ibérica se definió sobre la conquista (peninsular primero, americana después) y la división de castas. No era tan siquiera imaginable un sujeto homogéneo, un nosotros español con significado político dotado de una mínima homogeneidad que lo hiciera operativo. Por eso sólo en 1812, Argüelles, podrá presentar la Constitución con su famoso españoles, ya tenéis patria. En este sentido, la aparición política del pueblo (1808) y la nación (1812) fue el hecho histórico más importante y progresivo ocurrido en la península desde Enrique el Navengante y los Reyes Católicos.
Evidentemente no es un hecho español. Se da en el marco de las guerras napoleónicas por un lado, pero por otro se vive como un proceso global a ambos lados del Atlántico. No es casualidad que San Martín luchará en la batalla de Bailén. Ni lo es que la influencia -casi colonial- de Gran Bretaña en Brasil o Argentina, tuviera su correlato en lo que desde entonces, y sólo desde entonces, pudo llamarse España y Portugal.
Otra cosa es que aunque legal y poco a poco económicamente las castas desaparezcan en 1812 en favor de la ciudadanía, el laberinto español, haya repetido los moldes de ese conflicto, de esa guerra civil larvada en el sistema imperial, a través de distintos avatares desde entonces: nacionales vs carlistas, liberales vs conservadores, clericales vs anticlericales, derechas vs izquierdas…
Eso es lo que a mi juicio toca reflexionar. Llegamos al fin de la era de las naciones y los sueños de hace 200 años están en el origen de la mayor parte de las libertades de hoy. Está bien celebrarlas. Pero sus fracasos -los odios cervales, cuasi étnicos, de nuestras divisiones políticas, sociales e identitarias- viven, si cabe, con mayor vitalidad. Jugar a los imaginarios nacionales no los apaciguará.
Doscientos años después, nuestro mundo y nuestra vida no se definen en términos nacionales. Nuestra identidad no cabe ya en esa faja. Toca agradecer a la nación la mejor herencia histórica legada, al mismo modo que celebramos la romanización, la cultura andalusí o el erasmismo. Y superarla de una vez.
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No hay nada que celebrar. Esa guerra no la podíamos ganar (hablo como ciudadano de a pie).
Pero nada, ahí están todos felices con su bicentenario, luchando por apuntarse la autoría de la idea de la celebración. Con De la Vega reivindicando el 1808 como un «hito nacional».
¿De qué coño están hablando? ¿Un hito nacional? Quizá un hito nacional de las tragedias que no pueden salir bien gane quien gane. La guerra de 1808 fue una guerra contra los franceses, sí. La guerra de 1808 fue una guerra horrible porque en esa guerra los ideales modernos y reformadores fueron a caer del lado marrón. La violencia (y las violaciones) invasoras hizo que la gente apoyara la nefasta monarquía absolutista, que con el apoyo de la gente ganó la guerra.
Y por supuesto, las dos españas: monárquicos y afrancesados que se han peleado innumerables veces desde entonces (varias guerras civiles incluídas).
No, no hay nada que celebrar. Celebrar que tuvo lugar una guerra que fue una desgracia porque nadie estaba de nuestra parte (una vez más) no es digno de celebración. Aunque, como bien dices, sí es digno de reflexión. Y mucha, mucha reflexión nos hace falta.
Ah, me salté una idea, yo quería decir que el origen de “las dos españas” está precisamente en esta guerra. Si esa pelea nos ha costado tantas guerras, tanta sangre y tantos malos ratos, no sé a qué viene celebrar el aniversario de la guerra que les dio origen.
yo quería añadir que los nacionalismos son un invento romántico que, como este movimiento, surgen de las nuevas necesidades creadas por el nacimiento de la burguesía y la reestructuración sociopolítica derivada de las nuevas condiciones en la era industrial. dicho esto, me parece improbable que acaben a no ser que varíen -o desaparezcan- las condiciones que las hicieron surgir. reduciéndolo a lo mínimo: mientras exista la propiedad como hoy la conocemos, habrá nacionalismos.
en cuanto a la conmemoración de la guerra de la independencia, es la celebración de la liberación de un gobierno extranjero progresista por uno de la casa terriblemente conservador, lo que viene a explicar por sí mismo tanto la utilidad política de los nacionalismos como su inevitable vigencia y vitalidad.
ya se sabe… vivan las cadenas!
un saludo,
no puedo estar más de acuerdo con versvs… llevo tiempo con pánico en el cuerpo por la que se nos avecina, pero no hay nada peor que la falta de memoria unida a la de conocimiento… no hay nada que celebrar este año, más bien que desdeñar el origen de la división ya no de nuestro país, sino de nuestros hermanos y hermanas en dos partes sinsentido, y más si nos damos cuenta del origen de todo ello…
claro que la épica vende….
En realidad, Versvs, las dos españas están hechas en el molde cristianos nuevos / cristianos viejos. Que es un molde que luego se traduce en las divisorias fundamentales, tanto económicas como territoriales, como ideológicas…
Pero sí, en lo fundamental estamos de acuerdo: toca superar, toca reflexionar, toca construir para que el mundo nuevo que se nos viene encima no sea un mundo descompuesto y atroz, sino inclusivo… un mundo para las personas y no para la épica como dice Fernando.
Sí, el problema principal lo indica Fernando: la épica vende.
Tienes razón que la división podría venir de más lejos y tan sólo cambio de disfraz (como ha cambiado -de nombres- también a lo largo de estos 200 años).
Hay que cambiar algo más que el nombre, hay que reconstruir algo que englobe sin mitos (fantásticos y fanáticos, qué parecidas son estas palabras) épicos que nos distraen de la realidad.
Curioso es que en Brasil estamos con los doscientos años de la huida del rey de portugal a nuestro pais. Y aqui hay menos reflexion y mas carnaval. Y la verdad? Me encanta. No tenemos eso de los nacionalismos reflexivos, hay una especie de gran broma en todo eso. Es como la celebración de los 500 años del descubrimiento en el 2000. Ocurrieron cosas divertidas como la intención de hacer un barco igual al de Cabral y el barco hundirse antes de la celebración. Nos divertimos con eso.
Creo que eso de los nacionalismos tiene mucho que ver con la lengua. Aqui somos Brasil, lo demás de america latina es un conjunto de paises que se asemejan (al menos para nosotros).
Lo ironico de todo eso es que el rey de portugal se quedó aqui un par de decadas, haciendo un pais formarse por una corte que no era nuestra. Consiguió lo más increíble: unir un pais continental con una sola lengua.
Enfin, cosas rara que pasan en este mundo nuevo…

Cuando volvía de PA me leí en el avión un libro/reportaje sobre eso: “1808, cómo una reina loca, un rey cobarde y una corte corrupta engañaron a Napoleón y marcaron la historia de Portugal y Brasil”
La verdad es que es muy muy interesante. Me gustó sobre todo el impacto de Brasil sobre la corte y su visión del mundo. Y si, desde luego, al lado brasileiro, tuvo todo un aspecto menos dramático que en Portugal o España…
Por cierto, que aquí cuando celebraron el V Centenario en el 92, también se les hundió la carabela!!
Es que los astilleros europeos ya no son lo que eran… tendrían que haberlos hecho en Corea!